¿Es nuestro deber censurar a los demás? – H. P. Blavatsky

“No condenes a ningún hombre en su ausencia;
y cuando te veas forzado a censurarlo, hazlo
frente a su cara, pero suavemente y con palabras
llenas de caridad y compasión. Ya que el corazón humano
es como la planta–Kusûli; que abre
su cáliz al suave rocío de la mañana, y
lo cierra ante un fuerte aguacero”
–PRECEPTO BUDDHISTA

“No juzgues, para que no seas juzgado”
–AFORISMO CRISTÍANO

Nos da pena escuchar que no pocos de nuestros Teósofos más serios, se encuentran entre los cuernos de un dilema. Las causas pequeñas pueden producir a veces grandes resultados. Hay algunos que estarían bromeando bajo la más cruel de las operaciones y que permanecerían impasibles si se les amputara una pierna, pero que en cambio armarían un tumulto y renunciarían a su merecido lugar en el reino de los cielos si, para preservarlo, tuviesen: que permanecer callados cuando alguien los ofende.

En el número 13 de la Revista Lucifer (Vol. III Septiembre, p. 63), se publicó un ensayo sobre “El significado de un Compromiso”. De entre los siete artículos que constituyen el compromiso completo (sólo seis fueron divulgados), el lº, 4º, 5º y especialmente el 6º, requieren una gran fuerza moral de carácter, una voluntad de hierro además de gran altruismo, pronta disponibilidad para la renunciación e incluso abnegación para llevar a cabo semejante pacto. Sin embargo gran número de Teósofos han firmado alegremente esta solemne “promesa” de trabajar por el bien de la humanidad olvidándose de sí mismos, sin un sola palabra de protesta –salvo en un punto; cosa extraña, la tercera regla la cual en casi todo caso, hace dudar al solicitante y lo hace mostrar la pluma blanca. Ante tubam Trepidat: el mejor y más amable de entre ellos se siente alarmado–, como si estuviese intimidado por el toquido de la trompeta, de esa tercera cláusula, como si temiese para él ¡el destino de las murallas de Jericó!

¿Cuál es entonces esa terrible promesa, cuyo cumplimiento parece estar por arriba de las fuerzas de mortal común y corriente?. Simplemente es esto:

“ME COMPROMETO A NUNCA ESCUCHAR SIN PROTESTAR, CUALQUIER COSA MALA QUE SE DIGA DE UN HERMANO TEOSOFO Y A ABSTENERME DE CONDENAR A LOS DEMAS”.

El practicar esta regla de oro parece bastante fácil. El escuchar algo malo dicho en contra de alguien, sin protestar, es una acción que ha sido menospreciada desde los días más remotos del paganismo.

“Es una maldición el escuchar una calumnia manifiesta,
pero es algo peor el no encontrar una respuesta…”

Dice Ovidio. Al menos, quizás por una cosa, como sutilmente hace notar Juvenal, ya que:

“La calumnia, el peor de los venenos,
siempre encuentra una fácil entrada en mentes bajas…”

Y porque en la antigüedad, muy pocos querían que se les tomará por semejantes mentes ¡Pero ahora!

De hecho, el deber de defender a un congénere picado por una lengua ponzoñosa durante su ausencia, y el abstenerse en general “de censurar a los demás” es la vida misma y el alma de la teosofía práctica, porque una acción de esta naturaleza es como la doncella que lo conduce a uno hacia el Sendero angosto de la “vida superior”, esa vida que nos lleva hacia la meta que todos anhelamos alcanzar. La Misericordia, la Caridad y la Esperanza son las tres diosas que presiden sobre esa “vida”. El “abstenerse” de censurar a nuestros semejantes es la aserción tácita de la presencia en nosotros de las tres Hermanas divinas; el censurar basándose en “rumores” muestra su ausencia. “No escuches al chismoso o al calumniador”, decía Sócrates. “Porque así como descubre los secretos de otros, así lo hará a su vez con los tuyos”. Ni tampoco es difícil evitar al traficante de calumnias, pues en donde no existe demanda, se acabará muy pronto la oferta. Dice un proverbio que “cuando la gente se abstenga de escuchar el mal, entonces, los maledicientes tendrán que abstenerse de murmurar”. El censurar es glorificarse a uno mismo sobre aquél al que uno censura. Los fariseos de toda nación han estado haciendo esto constantemente desde la evolución de las religiones intolerantes. ¿Vamos a hacer nosotros lo mismo que ellos?

Se nos podría quizás decir, que nosotros mismos somos los primeros en quebrantar la ley ética que estamos defendiendo. Que nuestras revistas teosóficas están llenas de “acusaciones” y que la revista Lucifer, baja su antorcha para arrojar luz sobre todo mal, en la medida de sus habilidades. Nosotros respondemos, que esto es totalmente otra cosa. Nosotros denunciamos con indignación los malos sistemas y organizaciones, sociales y, religiosas, y sobre todas las cosas la mojigatería y la hipocresía; nos abstenemos de censurar a las personas. Estas últimas son hijas de su siglo. víctimas de su medio ambiente y del Espíritu de la Época. El condenar y deshonrar a un hombre en vez de sentir lástima por él y, tratar de ayudarlo, por haber nacido en una comunidad de leprosos, convierte en leproso al que lo condena. Es como si maldijéramos una habitación por estar obscura, en vez de encender con tranquilidad una vela para disipar las tinieblas. “Las acciones nocivas se duplican acompañadas de una mala palabra”, ni tampoco puede evitarse o suprimirse un mal general, haciendo el mal uno mismo. escogiendo un chivo expiatorio para la remisión de todos los pecados de la humanidad. De aquí que, nosotros acusemos a esas comunidades, pero no a sus unidades; señalamos la podredumbre de nuestra jactanciosa civilización, indicando cómo conducen a ella sus perniciosos sistemas de educación, mostrando los fatales efectos de estos sobre las masas. Tampoco somos más parciales con nosotros mismos. No obstante que estamos preparados para entregar cualquier día nuestra vida por la TEOSOFÍA –esa gran causa de la Hermandad Universal por la cual vivimos y respiramos– y que estamos dispuestos a proteger a todo teósofo si fuese necesario, con nuestro propio cuerpo, sin embargo, nosotros denunciamos abierta y virulentamente toda distorsión de las líneas generales sobre las que primariamente fue edificada la Sociedad Teosófica, así como el gradual relajamiento y socavamiento del sistema original, por la sofistería de muchos de sus más altos dirigentes. Cargamos con nuestro karma por nuestra falta de humildad durante los primeros días de la Sociedad Teosófica; debido a nuestro aforismo favorito: “Vean , como esos Cristianos se aman unos a los otros” lo cual ahora ha sido parafraseado diariamente y, casi a cada hora de la siguiente manera: “Contemplen, como nuestros teósofos se aman unos a los otros”. Y temblamos al pensar que, al menos que enmendemos muchas e nuestras formas de actuar y de nuestras costumbres en a Sociedad Teosófica en general y que las suprimamos, la Revista Lucifer tendrá algún día que poner en evidencia más de un manchón en nuestro propio blazón, como es: el culto a la personalidad, la falta de caridad, y el hecho de sacrificar a la vanidad personal el bienestar de otros Teósofos de manera más “feroz” de lo que lo hacen las diferentes Iglesias de estado y la Sociedad Moderna, a las cuales hemos acusado de disimulación y abusos de poder.

(Is Denunciation a Duty?, Lucifer, dec. 1888)

¿Es nuestro deber censurar a los demás? – H. P. Blavatsky

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