Los Siete Rayos y el Ser Humano – Vicente Beltrán Anglada

Conferencia de Vicente Beltrán Anglada en Barcelona, el 11 de septiembre de 1976.

Vicente. — Vamos a insistir sobre la temática de los Siete Rayos. Para aquellas personas que no estuvieron aquí con nosotros en las dos primeras conversaciones acerca de este tema tan interesante –en junio y julio sucesivamente– quizá tenga que decirles que estamos enfocando conjuntamente una de las ideas que constituyen, por así decirlo, la base del universo manifestado, y también la base de la constitución del hombre. Pero, ante todo, tengo interés en remarcar, lo que siempre digo, que para enfocar esotéricamente cualquier asunto humano hay que seguir la regla hermética de la analogía, que va de lo universal o, cósmico, hasta el ser humano, a diferencia del método místico que va del corazón humano hacia el cosmos. Así que, primero, si analizan las raíces cósmicas del proceso de expresión de los rayos para converger finalmente en la psicología humana, por cuanto el hombre es un cosmos en miniatura, y todo cuanto sepamos acerca del cosmos según la línea esotérica nos dará la noción exacta de lo que es el corazón humano con todos sus defectos, virtudes, cualidades, y nos permitirá tener un conocimiento exacto de lo que este hombre puede desarrollar dentro de una sociedad cada vez más interesada en descubrir el secreto de la propia vida. Ahora bien, tengo interés también en remarcar, quizás una pregunta que habrá pasado por la mente de todos ustedes, como pudiera ser, por ejemplo, y es que el estudio de los rayos tendrá la virtud de abrir para nuestra mente y para nuestro corazón las tres grandes vertientes que conducen al proceso iniciático, este proceso que va del cuarto reino de la Naturaleza –el reino humano- hacia este reino del cual tan poco sabemos de las almas iluminadas. Las tres vertientes son que [el estudio] tiene que favorecer nuestra capacitación intelectual, permitiendo ahondar dentro del misterio de nuestra propia mente; debe permitir también estabilizar nuestro vehículo emocional; y, finalmente, la tercera vertiente tiene que coincidir en un control perfecto del cuerpo físico. Cuando este hecho se produce, tenemos al ser humano en un proceso de integración, la integración de la mente, de la sensibilidad psíquica y de la función orgánica, y este aglutinamiento de energías, esta integración, conduce al contacto con algo que está más allá de las posibilidades del hombre corriente, que es el contacto con el yo trascendente, con el alma espiritual, con el ego superior o el ángel solar, puesto que es con todos estos nombres que se está expresando o definiendo esta realidad causal o espiritual. Entonces, si el estudio de los rayos favorece la proyección en nuestra vida de esta triple vertiente que conduce a la integración y, finalmente, a la unión con el ser superior, podemos decir que vamos a establecer las bases de una nueva psicología, una psicología que debe conducirnos a ser conscientes de nuestra realidad más alta. Así, vemos que todo el proceso de estudio en nuestras conversaciones tiene que coincidir con el deseo innato en todo corazón de establecer contacto y, finalmente, unión, con aquella causa de la cual dimana, siendo la primera oportunidad cíclica de la naturaleza para establecer contacto con esta entidad superior que llamamos Dios, o Logos solar, o Logos planetario; el contacto con nuestra propia alma. Al establecer este contacto, sabemos por anticipado cuál es nuestro propio destino, es decir, de hecho estamos interpretando correctamente y comprendiendo el alcance de aquella triple y punzante pregunta que se ha hecho todo ser humano realmente establecido dentro de la vida espiritual, que es: ¿quién soy?,¿de dónde procedo? y ¿a dónde voy?

Entonces, el misterio implícito en cada rayo debe ser descubierto, puesto que somos, por así decirlo, una expresión de los rayos que se manifiestan en la naturaleza, entendiendo como rayo una cualidad distintiva de la divinidad, y la divinidad tiene siete cualidades que se manifiestan en forma de energía. Dijimos, en el proceso de nuestra conversación anterior investigando la identidad de nuestro Sistema Solar, que el hecho de que nuestro universo sea septenario, se debe precisamente a la genealogía del propio universo, y estudiando los anales ocultos vemos que nuestro universo es el resultado de una conjunción magnética entre el Logos creador de la constelación de la Osa Mayor, del primer rayo, carácter positivo, masculino en términos psicológicos humanos, con el Logos solar de la constelación de las Pléyades, de naturaleza femenina, de naturaleza receptora y canalizadora de las energías positivas. El resultado de esta conjunción produjo una invocación desconocida de origen cósmico procedente de la gran estrella Sirio de la constelación del Can. Este Ego creador, encarna, por así decirlo, en aquella nebulosa creada por la conjunción magnética del Logos solar con sus siete estrellas positivas, y el Logos de las Pléyades con sus siete estrellas negativas, y manifestándose ya como una Entidad del segundo rayo. Sabemos, también, que nuestro universo con todo su contenido es solamente el plano físico-cósmico, significa esto que está en conexión con otros siete Logos solares que constituyen cada uno de ellos el cuerpo cósmico de una Entidad que está más allá de nuestro entendimiento. Ahora bien, esto es el sistema esotérico, buscar las causas originales y después ir descendiendo en forma detallada, tratando de dar expresión concreta a eso que llamamos vida de la naturaleza, la vida de un reino, o la vida de un plano, o la vida de una dimensión. Entonces, aunque parezca que estamos repitiendo, lo que realmente estamos haciendo es remarcando un hecho esencial, un hecho esencial que estoy seguro que será muy difícil de comprender para la persona de temperamento místico, porque el temperamento místico procura primero sentir a Dios en su interior y después proyectarlo al cosmos, pero el sistema esotérico u ocultista, tiene que ver con la proyección directa ya de la mente hacia el quinto plano cósmico y desde allí descender, a la manera en que lo hace Dios, encarnando en ideas cada vez más consecuentes, directas y concretas. Ahora bien, ustedes pueden decir: “yo no puedo estar de acuerdo con algo que yo no puedo probar”, yo les digo a ustedes que yo mismo me siento incapacitado para probarles concreta y objetivamente nada de nada de lo que les estoy diciendo, tendrán que aceptarlo por intuición, no tendrán que aceptarlo por la autoridad ni tampoco por un excesivo análisis concreto. Tendrá que venir en forma natural, tal como suceden las cosas de la vida, el aire que pasa haciendo mover las hojas de un árbol, es algo natural. La lluvia, el sol que nos alumbra con sus rayos, es algo natural, no precisa de comentario ulterior para nuestra mente concreta e intelectual, lo aceptamos como un hecho natural. Debemos llegar un día a aceptar los hechos cósmicos con la misma naturalidad que aceptamos la brisa, el agua de un arroyuelo deslizándose por entre las peñas de un bosque cualquiera. Así, todo el proceso tendrá que ser –ustedes se darán cuenta– dentro de un orden muy elevado de ideas. Si debemos avanzar en el terreno psicológico en el sentido de los rayos para comprender exactamente los motivos, las causas, las direcciones y el objetivo creador de cada uno de los cuerpos de nuestra naturaleza septenaria, tendremos que estar muy atentos y apercibidos, y hacer que lo que conjuntamente estamos estableciendo, que es este contacto interior, nos sirva como elemento propulsor para lanzar nuestra mente más allá de nuestras posibilidades de comprensión. Ustedes, por ejemplo, dudarán de todo cuanto digo acerca de la Osa Mayor, de las Pléyades y los Sistemas Solares en movimiento, pero ustedes no podrán negar que nuestro universo es septenario porque la luz que proviene de la propia Divinidad se descompone en siete colores básicos que son los del espectro solar. Tampoco podrán negar las formas del sonido o el remover del sonido los éteres creadores, constituyendo las siete notas del pentagrama. No podemos pasar de siete notas ni de siete colores. En la Biblia, por ejemplo, se nos habla de los siete días de la creación, y en la propia Biblia se nombra con insistencia la actividad de los Siete Espíritus ante el Trono de Dios. Siete son los días de las semanas. Siete es el proceso creador. Esto está al alcance de cualquier mente intelectual por alejada que esté esta mente de esta proyección cósmica que tratamos de dar a nuestras conversaciones. Así, se trata de un proceso, insisto, en que Uds. y yo tendremos que colaborar estrechamente tratando de romper el círculo que nos envuelve, el círculo de la propia incapacidad de descorrer el Velo de Isis, siendo capaces de quebrantar todo el peso de una tradición que te ata a un concepto, o bien, destruyendo las fronteras que separan el yo inmanente del yo trascendente. El mundo tiene una deuda de gratitud con los psicólogos del siglo XX que han hablado de parte del misterio del hombre, el misterio del subconsciente y el misterio de la conciencia que trata de expresarse constantemente, investigando por doquier. Desde Freud a Jung, pasando por Adler o Dumas, por ejemplo, se ha tratado de descubrir el secreto del hombre, son deudores de nuestra gratitud, o se hacen acreedores de nuestra gratitud, les debemos esta investigación dentro del corazón humano que, en cierta manera y hasta un cierto punto, ha abierto las bases de la psicología moderna. Pero, ahora, el nuevo paso es el descubrimiento del yo trascendente, del yo superior, de aquella entidad que, al parecer, desde dimensiones allende la razón y el entendimiento normal, está dirigiendo el destino de nuestra vida, y estamos ahí por esto. Esta atención manifiesta, esta expresión de un deseo unánime de descubrir este secreto, sabiendo que todo ser, toda cosa, todo reino, todo átomo, tiene que realizar tres cosas fundamentales que son: revelar un secreto, mantener un propósito, y realizar un objetivo, y cada uno de los rayos de la naturaleza tiene un propósito, tiene un destino y un secreto a revelar. Desde el momento en que el hombre ya no puede pasar más allá del mundo mental, del mundo intelectual, extendiéndose ya solamente en análisis y discriminaciones, no puede comprender el alcance de aquello que en términos místicos llamamos el sendero. Sendero, buscando su acepción esotérica, es aquel punto de luz que arranca del corazón humano, pasa por la mente investigadora y establece contacto con el rayo que es vida de su propia vida, y cada uno de nosotros estamos siguiendo este hilito de luz, este hilito de luz que se convierte en aquello que técnica y esotéricamente llamamos el antakarana. El antakarana es el hilo de luz que partiendo del corazón del hombre lo enlaza, vía el proceso iniciático, con un Logos planetario, Señor de un planeta sagrado, que tiene como misión el establecer en la naturaleza alguna de las cualidades de la Divinidad. Ustedes saben que son siete estas cualidades, y seguidamente las vamos a enumerar y cada cual responderá a una u otra de estas solicitaciones cósmicas.

Los Siete Rayos y el Ser Humano

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