Conde de Saint Germain – H. P. Blavatsky

El párrafo del presente artículo fue escrito por H. P. Blavatsky en 1881, está incluido en el Tomo III de los Collected Writings, y ha sido digitalizado y traducido por el equipo de Obras Completas de H. P. Blavatsky.

CONDE DE SAINT-GERMAIN
[El Teósofo (The Theosophist), Vol. II, No. 8, Mayo, 1881, pp. 168-170]

En largos intervalos han aparecido ciertos hombres en Europa, quienes a causa de sus dotes intelectuales poco comunes, brillante conversación y misteriosos modos de vida han sorprendido y deslumbrado la mente del público. El articulo copiado de All the Year Round (NOTA: se puede traducir por «todo el año». –El Traductor. FINAL NOTA) es acerca de uno de estos hombres –el Conde de Saint-Germain (NOTA: [Vol. XIV, Junio 5, 1875, pp. 228-34. Servicios Nuevos. Este diario fue conducido por Charles Dickens, y publicado en Londres por Champman Hall de 1859 a 1895. –El Compilador]. FINAL NOTA). En el curioso trabajo de Hargrave Jennings, Los Rosacruces, es descrito otro, un cierto Signor Gualdi, quien fuere alguna vez el centro de conversaciones de la sociedad de Venecia. Un tercero fue el personaje histórico Alessandro di Cagliostro, de quien el nombre se ha convertido en sinónimo de infamia gracias a una biografía Católica falsificada. No seintenta ahora comparar a estos tres individuos entre si o con el hombre común. Copiamos el artículo de nuestro contemporáneo de Londres por otro objeto muy distinto. Deseamos mostrar cómo es traducido vilmente sin la más mínima provocación, a menos que el hecho de que uno es más brillante en la mente, y más versado en los secretos de la ley natural pueda ser amontonado como suficiente provocación para poner en movimiento la pluma del calumniador y lengua del chismoso. Que el lector note atentamente que:-
«Este famoso aventurero», dice el escritor en el All the Year Round, refiriéndose al Conde de Saint-Germain, se supone que fue húngaro de nacimiento, pero la temprana parte de su vida fue envuelta cuidadosamente en misterio por el mismo. Su persona y titulo igual estimulaban curiosidad. Su edad fue desconocida, y parentela igualmente obscura. Vemos un primer destello de él en Paris, hace un siglo y cuarto, llenando la corte y el pueblo con su renombre. Paris maravillado vio un hombre –aparentemente de mediana edad– un hombre que vivía con estilo magnifico, que fue a cenas, donde no comía nada, pero hablaba incesantemente y con brillantez excedente, en cada tema imaginable. Su tono era quizás, demasiado mordaz –el tono de un hombre que sabe perfectamente de lo que esta hablando. Estudiado, hablando cada idioma civilizado admirablemente, un gran músico, un excelente químico, hacia el papel de un prodigio, y actuaba a la perfección. Dotado con una extraordinaria confidencia, o consumada insolencia, el no solo estableció magistralmente la ley concerniente al presente, pero habló sin dudar de eventos con doscientos años de antigüedad. Sus anécdotas de ocurrencias remotas están relacionadas con detalles extraordinarios. El habló de escenas de la corte de Francisco I como si las hubiera visto, describiendo la apariencia del rey exactamente, imitando su voz, aneas y lenguaje –produciendo completamente la caracterización de un testigo ocular. Por el mismo estilo él edificaba a su audiencias con historias placenteras de Luis XIV y las engalanaba con descripciones vívidas de lugares y personas. Sin decir propiamente que él estaba presente cuando los eventos se suscitaban, aun así el artificialmente, por su gran poder grafico, daba esa impresión. Tratando de sorprender, lo conseguía completamente. Hubo Historias locas contemporáneas concerniéndolo a él. Se decía que tenía trescientos años de edad y que prolongaba su edad usando un famoso elixir. Paris se volvió loco por él. Era constantemente cuestionado acerca del secreto de su longevidad, y era maravillosamente diestro en sus respuestas, negando todo poder para hacer jóvenes de nuevo a los viejos, pero afirmando calladamente su posesión del secreto para detener la descomposición del armazón humano. Dieta, protestaba, era, junto con su elixir maravilloso, el verdadero secreto para una larga vida, y él se negaba categóricamente a comer cualquier alimento, excepto el que había sido preparado especialmente para él –avena, y la carne blanca de los pollos. En grandes ocasiones tomaba un poco de vino, se desvelaba hasta que alguien le escuchara, pero tomaba precauciones extraordinarias contra el resfriado. A las damas les daba cosméticos misteriosos, para preservar su belleza en perfectas condiciones; con los hombres hablaba abiertamente de su método de trasmutar comidas, y de cierto proceso para fundir una docena de pequeños diamantes en una gran piedra. Estas sorprendentes afirmaciones fueron respaldadas por la posesión de riqueza abundante, y una colección de joyas de raro tamaño y belleza…

Conde de Saint-Germain – H. P. Blavatsky

Obras Completas de H. P. Blavatsky

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