El Sendero del Arquetipo Divino – Vicente Beltrán Anglada

Conferencia de Vicente Beltrán Anglada en Barcelona, el 1 de octubre de 1975.

Vicente. – En nuestra conversación del pasado mes conversamos acerca de sensibilidad; la sensibilidad en su doble vertiente, la digamos, psicológica, y la espiritual. La vertiente psicológica en su triple manifestación, física, emocional o psíquica, y mental, y la sensibilidad espiritual, cuando están unificadas constituyen el núcleo de la sabiduría del ser humano, que no se manifiesta como un simple conocimiento sino que su línea de actividad es síntesis. Siempre síntesis es la finalidad ultérrima, la meta más allá hacia la cual tiende el ser humano a través de las edades.

Dijimos también, que no es lo mismo la sensibilidad psíquica, la que produce fenómenos y que es objetiva, con aquella absoluta sensibilidad que es la sensibilidad a la vida en todas sus vertientes imaginables; y apuntamos también, que en nuestra conversación de hoy hablaríamos de algo que es consustancial con la sensibilidad, y es la conciencia. En el individuo, en el ser humano, debe ser notada siempre esta particularidad, esta dualidad, esta característica dual al manifestarse; una, la sensibilidad, tiene su asiento en el corazón, y la conciencia tiene su mundo de irradiación y de percepción en la mente; y en el camino de la evolución, el camino que conduce a la potente irradiación de lo que podemos definir “un arquetipo”, se produce sólo únicamente cuando la sensibilidad y la conciencia están por así decirlo en el mismo nivel, cuando la mente y el corazón funcionan en forma sincrónica, armoniosa y equilibrada, en esta fusión maravillosa, que es el fin de lo que podemos denominar la evolución del hombre aquí en la Tierra, se cifran las esperanzas de la humanidad dentro de esta sociedad en caos creciente y en incesante conflicto y dolor.

Por lo tanto, desde un punto de vista ético, desde el punto de vista realmente esotérico, lo que debe hacer el ser humano es tratar de alcanzar siempre en su vida una síntesis, y al hablar de síntesis en la vida del hombre corriente —que somos todos nosotros—, no podemos decir que vamos a esperar a algo que está más allá y por encima de nuestra posibilidades actuales, sino que forzosamente tenemos que atenernos a las metas inmediatas, a aquello que constituye el nervio de nuestra vida psicológica ahora y aquí, en este momento, no podemos pasar más allá del círculo infranqueable de la evolución de nuestra conciencia. Cuando, afortunadamente, durante el proceso de la evolución el hombre rompe este círculo en el cual se haya contendido por su propia limitación, entonces se le abre otra perspectiva, que lo mismo puede ser de sensibilidad a la vida, a la belleza, a la creación, como de decepción de la meta más lejana, entrando entonces, lógicamente, dentro de una zona de irradiación para la cual parece ser no tenemos todavía unos órganos cerebrales o alguna célula en el corazón para responder de una manera adecuada. Quiero significar esto también, que estamos luchando en dos frentes, en el frente de la sensibilidad a la vida, y en el frente de decepción de las cosas, la unión de ambos principios tiene que hacer surgir de lo profundo de nuestro ser aquel sendero del arquetipo para el cual fue creado el hombre por la mente indescriptible de la Divinidad. Así que todo cuanto podemos decir aquí en nuestras conversaciones esotéricas, y les ruego que tomen el nombre “esotérico” de una manera sencilla y natural y no como algo misterioso y nebuloso que pertenece a algo que no podemos coger ni pretender imaginar, sino como un hecho natural que ocurre constantemente ahí donde estemos nosotros y cualquiera que sea el lugar en donde estemos ubicados, porque existe, evidentemente, un arquetipo inmediato para cada uno de nosotros, y este arquetipo es el que define dentro de la línea mental de la evolución, dónde estamos situados dentro de esta escalera de Jacob a la cual nos estamos refiriendo constantemente, y por donde ascienden y descienden las almas en el Sendero, tomando también como sendero la línea de proyección que corresponde desde el principio de los tiempos a crear en el hombre esta unificación del principio de sensibilidad y del principio de conciencia. Así, si queremos determinar el alcance de un objetivo lejano, o el arquetipo final por el cual suspira el alma de todo ser humano, de no importa qué raza ni qué condición social, de no importa qué filosofía o qué credo o que religión tenga en su corazón, sino como un patrimonio vivo, como una herencia del propio Dios que ha creado el universo; por lo cual, cuando distinguimos entre lo que es meta y lo que es sendero, entre lo que es una línea de proyección hacia lo que es el objetivo, o sea, si nos referimos a un objetivo final, a este centro Omega, del cual nos habló en su tiempo Teilhard de Chardin. Por lo tanto, para dar una idea gráfica de cómo la necesidad de la evolución es algo consustancial en el corazón del hombre, solamente podemos imaginar, o podríamos imaginar, una vasija que cae al suelo y se rompe en una serie infinita de fragmentos, si analizamos cada uno de los fragmentos tendremos dos cosas, tendremos una conciencia de fragmento, que es siempre la forma que ha adoptado al romperse, más, el recuerdo de la unidad de la cual formaba parte; por lo tanto, este símil nos indica que el corazón de todo ser humano está fragmentado, y además, tiene conciencia de esta separatividad, de este fragmento en relación con la unidad que constantemente está buscando, y es el origen mismo de la línea de revolución, es decir, que al hablar, por ejemplo, del fragmento que trata constantemente de reconstruir en su inicio aquella unidad de la cual formaba parte, ya entramos, lógicamente, dentro de aquello que se define en todos los tratados místicos y esotéricos de no importa qué religión, con el término único de Sendero. El Sendero, desde que el hombre tiene por primera vez en su vida el sentimiento de separatividad, y empieza a actuar como individualidad separada del resto de la humanidad, naturalmente, tiene que influir dentro de su economía ética y moral en forma de dolor, el dolor profundo de sentirse desarraigado del árbol inmenso de la vida, el cual intuye pero al cual no puede llegar debido a que aún tiene la conciencia fragmentada, aquello que Madame Blavatsky denominó como la gran herejía de la separatividad; herejía, no obstante, de tipo natural, por cuanto tiene que ver con el dolor, con la angustia, con el esfuerzo incesante del ser humano para llegar a apretarse hacia aquellas sempiternas alturas en donde vive la unidad divina.

El Sendero del Arquetipo Divino

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Asociación Vicente Beltrán Anglada

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