Algunas dificultades de la Vida Interna (II) – Annie Besant

Artículo traducido al castellano por la Revista El Teósofo de The Theosophist.

Vol. 133 – nº 2 – Noviembre 2011

Algunas dificultades de la Vida Interna (II)

Annie Besant

Reimpreso del Panfleto de Adyar Nº 25, marzo 1913.

 Una de las dificultades más inquietantes que el aspirante tiene que enfrentar surge del flujo y reflujo de sus sentimientos, los cambios en la atmósfera emocional por medio de los cuales él observa el mundo externo y su propio carácter, con sus fortalezas y debilidades. Él ve que su vida consiste en una serie de estados de consciencia siempre cambiantes, de condiciones alternadas de pensamiento y sentimiento. En un momento está totalmente vivo, y en otro letalmente pasivo; ahora está contento, y luego mórbido; ahora desbordante y luego desapacible; ahora firme y luego indiferente; ahora devoto y luego frío; ahora anhelante y luego letárgico. Él es constante sólo en su mutabilidad, persistente sólo en su variedad. Y lo peor es que es incapaz de conocer las causas de estos efectos, llegan y se van, son fugaces y tan poco predecibles como los vientos de verano. ¿Por qué ayer la meditación fue fácil, suave, fructífera? ¿Por qué es difícil, irregular, estéril, hoy? ¿Por qué esa noble idea lo habría motivado con entusiasmo hace una semana, y sin embargo hoy lo deja indiferente? ¿Por qué estaba lleno de amor y devoción hace sólo unos pocos días, pero ahora lo encuentra vacío, observando su ideal con ojos fríos y opacos? Los hechos son obvios, pero la explicación no la encuentra; parece estar a merced del cambio, haberse deslizado del reino de la ley.

Es esta misma incertidumbre la que le da intensidad a su aflicción. Lo que se comprende siempre es manejable, y cuando sabemos la causa de un efecto nos hemos acercado mucho a poder controlarlo. Todos nuestros sufrimientos más agudos tienen en sí mismos este constituyente de incertidumbre, estamos indefensos porque somos ignorantes. Es la incertidumbre de nuestros humores emocionales lo que nos aterroriza, porque no podemos cuidarnos de algo que no podemos prever. ¿Cómo entonces, podemos alcanzar un lugar donde estos cambios en el temperamento no nos acosen, una roca sobre la que podamos permanecer mientras las olas se mueven a nuestro alrededor?

Se da el primer paso hacia un lugar de equilibrio cuando reconocemos el hecho, aunque la afirmación de que nuestros cambios de humor no importan pueda parecer un poco ruda. No existe una relación constante entre nuestro progreso y nuestros sentimientos, no estamos indudablemente avanzando cuando el flujo de emoción nos llena de felicidad, ni retrocediendo cuando su flujo nos entristece. Estos cambios de humor están entre las lecciones que nos trae la vida, para que aprendamos a distinguir entre el Yo y el no-Yo, y a reconocernos como el Yo. El Yo no cambia, y lo que cambia no es nuestro Yo, sino que es parte de los medios transitorios con los que el Yo se inviste y con los cuales se mueve. Esta ola que pasa sobre nosotros no es el Yo, sino una manifestación transitoria del no-Yo. “Déjenla que se lance, se arremoline y haga espuma, no es el Yo”. Permitámosle a la consciencia darse cuenta de esto, aunque sólo sea un momento, y entonces la fuerza de la ola se agota, y se siente la roca firme debajo de los pies. Apartándonos de la emoción, ya no lo sentimos como parte de nosotros mismos, y entonces dejamos de proveerle vida como una auto-expresión, rompemos la conexión que le permitió convertirse en un canal de dolor. Este abandono de la consciencia se puede facilitar bastante si en nuestros momentos de quietud tratamos de comprender y asignarle a sus verdaderas causas estas alternancias emocionales penosas. Por lo menos nos liberaremos de una parte de la impotencia y perplejidad que, como ya hemos visto, se deben a la ignorancia.

Estas alternancias de felicidad y depresión son manifestaciones primarias de la ley de periodicidad, o ley de ritmo, que guía el universo. Noche y día alternan en la vida física del hombre así como lo hacen la felicidad y la depresión en su vida emocional. Como el flujo y reflujo en el océano, así sucede en los sentimientos humanos. Existen mareas en el corazón humano, como en los asuntos de los hombres y como en el mar. La dicha le sigue a la tristeza y la tristeza a la dicha, con tanta seguridad como la muerte le sigue al nacimiento y el nacimiento a la muerte. Que esto es así, no es sólo la teoría de una ley, sino que también es un hecho que nace el testimonio de todos los que han obtenido la experiencia en la vida espiritual. En el famoso libro Imitación de Cristo se dice que alternan la comodidad y el dolor, y  “esto no es nada nuevo ni extraño en quienes experimentan en el camino de Dios, porque los grandes santos y antiguos profetas han vivido a menudo este tipo de vicisitudes… Si los grandes santos lo vivieron, nosotros que somos débiles y pobres no deberíamos desesperarnos si a veces somos arrebatados y a veces insensibles… Nunca encontré a nadie tan religioso y devoto, que no tuviera un abandono de la gracia o no sintiera alguna disminución de devoción” (Libro 2, IX). Al reconocer esta alternancia en los estados del ser como el resultado de una ley general, de una manifestación especial de un principio universal, se vuelve posible para nosotros utilizar este conocimiento como advertencia y como estímulo.

Podemos estar pasando por un periodo de gran iluminación espiritual, cuando todo parece ser fácil de lograr, cuando el brillo de la devoción vierte su gloria sobre la vida, y cuando la paz de una percepción segura es nuestra. Tal condición es a menudo de peligro considerable, su misma felicidad nos hace confiar demasiado, y nos fuerza a hacer crecer cualquier germen remanente de la naturaleza inferior. En tales momentos a menudo la memoria de pasados periodos de oscuridad es útil, de modo que la felicidad no pueda volverse euforia, ni que el placer conduzca hacia el apego al placer; equilibrando la dicha actual con el recuerdo de problemas pasados, y la calma previsión de futuros problemas, alcanzamos equilibrio y encontramos un punto medio de descanso. Entonces podemos obtener todas las ventajas que se acumulan por aprovechar una oportunidad favorable de progreso sin arriesgar un resbalón hacia atrás de un triunfo prematuro. Cuando llega la noche y toda la vida se aleja, cuando nos encontramos fríos e indiferentes, no importándonos nada de lo que antes nos atrajo, entonces, conociendo la ley, podemos decir serenamente: “A su debido momento esto también pasará, la luz y la vida deben regresar, y el antiguo amor de nuevo brillará cálidamente”. No aceptamos estar indebidamente deprimidos en la oscuridad, como rehusamos estar indebidamente eufóricos en la luz; equilibramos una experiencia con la otra, eliminando la espina del dolor actual por el recuerdo del placer pasado, y por el anticipo del placer futuro; aprendemos en la felicidad a recordar el dolor y en el dolor a recordar la felicidad, hasta que ninguno de los dos pueda estremecer el firme punto de apoyo del alma. Así comenzamos a elevarnos sobre las etapas inferiores de la consciencia en las que somos lanzamos de un extremo al otro, y a obtener el equilibrio que se denomina yoga. Así la existencia de la ley se vuelve para nosotros no una teoría sino una convicción, y gradualmente aprendemos algo de la paz del yo.

Puede ser bueno también para nosotros darnos cuenta de que el camino que enfrentamos y vivimos en esta experiencia de oscuridad y muerte interna es una de las pruebas más seguras de la evolución espiritual. “¿Existe algún hombre mundanal que no quiera recibir gustosamente la dicha y el consuelo espiritual si pudiera tenerlo siempre? Porque los consuelos espirituales exceden toda las dicha del mundo y los placeres de la carne… Pero ningún hombre puede jamás disfrutar de estos consuelos divinos según su deseo, porque el momento de la prueba nunca está lejos… Todos los que buscan consuelo, ¿no han de ser llamados materialistas?… ¿Dónde se puede encontrar a alguien que sea gustoso de servir a Dios por nada? Casi no se puede encontrar a alguien tan espiritual como haber sufrido la pérdida de todas las cosas” (Libro 2, X, XI). Los gérmenes sutiles del egoísmo persisten incluso en la vida del discipulado, aunque luego ellos imitan en su crecimiento el aspecto de las virtudes, y esconden la serpiente del deseo bajo el capullo de la beneficencia o de la devoción. Pocos por cierto son los que sirven por nada, que han erradicado la raíz del deseo, y no se han limitado meramente a cortar las ramas que se extienden sobre el terreno. Alguien que haya probado la sutil dicha de la experiencia espiritual encuentra en ello su recompensa por los placeres más groseros a los que renunció, y cuando la dura prueba de la oscuridad espiritual obstruye su camino y tiene que entrar en esa oscuridad sin amigos y aparentemente solo, entonces aprende por la lección de la amarga y de la humillante desilusión, que estuvo sirviendo su ideal por recompensas y no por amor. Bien por nosotros si podemos estar felices en la oscuridad tanto como en la luz, por la fe segura en esa Llama que arde eternamente en el interior, no porque la veamos, ESO de cuya luz nunca podemos separarnos, porque es verdaderamente nuestro mismo Yo. Debemos eliminar el Tiempo antes que sea nuestra la riqueza de lo Eterno, y sólo cuando el vivir nos abandona aparece la Visión de la Vida.

Otra dificultad que seguramente desconcierta y aflige al aspirante es la involuntaria presencia de pensamientos y deseos que son inapropiados con su vida y propósitos. Cuando de buen agrado contempla lo Sagrado, la presencia de lo execrable se lanza sobre él, cuando ve el rostro radiante del Hombre Divino, en su lugar, la máscara del sátiro lanza una mirada lasciva sobre él. ¿De dónde procede esta cantidad de formas malignas que se aglomeran a su alrededor? ¿De dónde proceden estas palabras y susurros demoníacos que escucha? Lo llenan de estremecedora repulsión, y sin embargo parecen ser suyas; ¿puede ser él realmente el padre de este fétido enjambre? Nuevamente la comprensión de la causa que opera puede eliminar el efecto de su agudo diente ponzoñoso, y liberarlo de la impotencia producida por la ignorancia.

Es una enseñanza teosófica común que la vida se reviste de formas, y que la energía de la vida que surge de ese aspecto del Yo que es conocimiento moldea la materia del plano mental en formas de pensamiento. Las vibraciones que afectan el cuerpo mental determinan los materiales que se construyen en su composición, y estos materiales se cambian lentamente de acuerdo con los cambios en las vibraciones emitidas. Si la consciencia cesa de trabajar de un modo particular, los materiales que respondían a esas funciones previas gradualmente pierden su actividad, y finalmente se vuelve materia decadente y se eliminan del cuerpo mental. Un número considerable de etapas, sin embargo, intervienen entre la actividad total de la materia constantemente respondiente a impulsos mentales y su muerte final cuando está lista para ser expulsada.

Hasta que se alcanza la última etapa puede ser lanzado a una actividad renovada por impulsos mentales, ya sean propios o ajenos, y mucho después que el hombre ha cesado de energizarlo, habiendo superado la etapa que representa, puede ser arrojado a una vibración activa, haciéndolo comenzar como un pensamiento vivo, debido a una influencia totalmente externa. Por ejemplo: un hombre tuvo éxito en purificar sus pensamientos de la sensualidad, y su mente ya no genera más ideas impuras ni se complace en observar imágenes impuras. La materia grosera, que en los cuerpos mental y astral vibra bajo tales impulsos, ya no recibe vida de él, y las formas de pensamientos anteriormente creadas por él están muriendo o están muertas. Pero se encuentra con alguien en quien estas tendencias están activas, y las vibraciones que éste emite, revivifican las formas de pensamiento que están muriendo, dándoles una vida temporal y artificial, se inician como pensamientos propios del aspirante, presentándose como creaciones de su mente, y él desconoce que sólo son cadáveres de su pasado, reanimados por la magia malévola de una proximidad impura. El contraste mismo que proporciona a su mente purificada se agrega a la tortura acosadora de su presencia, como si el cuerpo muerto estuviera encadenado a un hombre vivo. Pero cuando reconoce su verdadera naturaleza, pierden su poder de atormentarlo. Los puede observar serenamente como restos de su pasado, de modo que dejan de envenenar su presente. Él sabe que la vida en ellos es ajena y no proviene de él, y puede “esperar con la paciencia de la seguridad, el momento en que a “él” ya no le afecten más”.

A veces en el caso de una persona que está haciendo un progreso rápido, esta revivificación temporal la producen deliberadamente quienes buscan retardar la evolución, aquéllos que se ubican contra la Buena Ley. Pueden enviar una fuerza de pensamiento calculada para reanimar los fantasmas moribundos en una extraña actividad, con el propósito definido de producir aflicción incluso cuando el aspirante ha pasado más allá del alcance de la tentación en lo que a esto se refiere. Una vez más la dificultad cesa cuando se sabe que los pensamientos obtienen su energía del exterior y no del interior, cuando el hombre puede serenamente decirle a la creciente multitud de pícaros atormentadores: “ustedes no me pertenecen, no son parte de mí, vuestra vida no la obtienen de mi pensamiento, en poco tiempo estarán muertos sin posibilidad alguna de resurrección, y mientras tanto son sólo fantasmas, sombras que en algún momento fueron mis enemigos”.

Otra fuente útil de problemas es el gran mago, el Tiempo, el amo pasado de la ilusión. Él nos impone un sentido de apuro, de desazón, ocultando la unidad de nuestra vida con los velos de nacimientos y muertes. El aspirante grita con avidez: “¿Cuánto más puedo hacer, qué progreso puedo lograr durante mi vida presente?” No existe algo así como una “vida presente”, sólo hay una vida, pasada y futura, con el momento siempre cambiante que es su lugar de encuentro. En un lado vemos el pasado, en el otro el futuro, y el momento en sí mismo es tan invisible como la pequeña porción de tierra sobre la cual estamos. Sólo hay una vida, sin comienzo y sin final, la vida eterna y atemporal, y las divisiones arbitrarias que hacemos de ella por los incidentes reiterados de nacimientos y muertes nos engañan y atrapan. Estas son algunas de las trampas puestas para el Yo, por la naturaleza inferior, que de buen agrado no soltarían al alado Inmortal que se extravía por sus oscuros senderos.

Esta ave del paraíso es algo tan bello cuando sus plumas comienzan a crecer, que todos los poderes de la naturaleza se rinden para amarlo, y colocan trampas para mantenerlo prisionero, y el Tiempo es, entre todas las trampas, la más sutil.

Cuando una visión de la verdad llega tarde en una vida física, este desaliento respecto al tiempo es posible que sea el que se siente más profundamente.

“Soy demasiado viejo para comenzar. Si hubiera conocido esto en mi juventud”…, es el lamento. Sin embargo el sendero es uno, como la vida es una, y todo el sendero debe ser recorrido en la vida; ¿qué importa entonces si una etapa del sendero se recorre o no durante una parte particular de una vida física?  Si A y B van a lograr su primer destello de la Realidad en dos años, ¿qué importa que A tenga setenta años y B sea un joven de veinte? A regresará y comenzará nuevamente su trabajo sobre la tierra cuando B esté envejeciendo, y cada uno pasará muchas veces por la niñez, juventud y vejez del cuerpo, mientras viaja por las etapas más elevadas del sendero de la vida. El anciano que “tarde en su vida”, como decimos, comienza a aprender las verdades de la Sabiduría Antigua, en vez de lamentarse por su edad y decir: “qué poco puedo hacer en el poco tiempo que me queda”, debería decir: “qué buena base puedo poner para mi próxima encarnación, gracias a haber conocido la verdad”. No somos esclavos del Tiempo, excepto que nos sometamos a su imperiosa tiranía, y le permitamos ceñir sobre nuestros ojos sus vendas de nacimiento y muerte. Ya somos nosotros mismos, y podemos avanzar firmemente por las cambiantes luces y sombras arrojadas por su mágica antorcha sobre la vida que no envejece. ¿Por qué siempre imaginamos los dioses como eternamente jóvenes, si no es para recordarnos que la verdadera vida permanece inalterada por el Tiempo? Recibimos algo de fuerza y serenidad de la Eternidad cuando tratamos de vivir en ella, escapando de las redes del gran encantador.

Otra dificultad se extenderá a través del sendero ascendente cuando el aspirante intente hollarlo, pero una voluntad firme y un corazón devoto, iluminado por el conocimiento, conquistará todo al final y alcanzará la Meta Suprema. Descansar en la Ley es uno de los secretos de la paz, confiar en ella plenamente y en todo momento, y no en menor grado cuando la oscuridad desciende. Ningún alma que aspira puede jamás fallar en elevarse, ningún corazón que ama puede ser abandonado. Las dificultades existen sólo para que al superarlas podamos fortalecernos, y sólo quienes han sufrido pueden ayudar.

Revista el Teósofo

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