Algunas dificultades de la Vida Interna (I) – Annie Besant

Artículo traducido al castellano por la Revista El Teósofo de The Theosophist.

Vol. 133 – nº 1 – Octubre 2011

Algunas dificultades de la Vida Interna (I)

Annie Besant

Reimpreso del Panfleto de Adyar Nº 25, marzo 1913.

Todos los que se proponen seriamente vivir la Vida Interna, enfrentan ciertos obstáculos desde el principio del sendero, obstáculos que se repiten en la experiencia de cada uno, y que tienen su base en la naturaleza común de los hombres. A cada caminante le parecen nuevos y peculiares, y por lo tanto da origen a un sentimiento de desánimo personal que menoscaba la fuerza requerida para superarlos. Si se comprendiera que forman parte de la experiencia común de los aspirantes, que hay que enfrentarlos siempre, y que constantemente se superan, tal vez el desanimado neófito tendría algún estímulo por saberlo. Tomar una mano en la oscuridad, el sonido de una voz que dice: “Compañero de viaje, yo caminé por donde tú caminas, y el camino es factible”, esto ayuda durante la noche, y quien ayuda es visto de buen agrado.

Hace algún tiempo un amigo y caminante me presentó una de estas dificultades, en relación con algún consejo dado respecto a la purificación del cuerpo. Él no había superado lo que afirmaba, pero dijo con gran verdad y percepción que para la mayoría de nosotros la dificultad estaba más en el Hombre Interno que en sus instrumentos, que para la mayoría de nosotros los cuerpos que teníamos eran lo suficientemente buenos, o en el peor de los casos necesitaban una pequeña puesta a punto, pero que había una necesidad urgente de mejorar al hombre mismo. Por la falta de una buena música, era más culpable el músico que su instrumento, y que si se pudiera mejorar, su instrumento pasaría la inspección. Era capaz de emitir tonos mucho mejores que los producidos con él ahora, pero esos tonos dependían de los dedos que presionaban las teclas. Mi amigo dijo con precisión y con algo de tristeza: “Puedo hacer con mi cuerpo lo que yo quiera, el problema está en que yo no quiero.”

Aquí tenemos una dificultad que todo serio aspirante siente. Lo primero que se necesita es el mejoramiento del hombre mismo, y el obstáculo de su debilidad, su falta de voluntad y de tenacidad de propósito, es lo más obstructivo que el cuerpo puede poner en nuestro camino. Existen muchos métodos conocidos por todos nosotros, por medio de los cuales podemos construir cuerpos de mejor calidad, si es que así lo queremos, pero es ‘en quererlo’, en lo que fallamos. Tenemos el conocimiento, reconocemos la conveniencia de ponerlo en práctica, pero falta el impulso de hacerlo. Nuestra dificultad básica yace en nuestra naturaleza interna; está inerte, el deseo de moverse está ausente; no es que los obstáculos externos son insuperables, sino que el hombre mismo permanece pasivo y no piensa en superarlos. Repetimos constantemente esta experiencia; parece haber un anhelo de atracción en nuestro ideal, pero falla en atraernos, no deseamos convertirlo en realidad, incluso aunque hayamos decidido intelectualmente que su realización es deseable. Permanece ante nosotros como el alimento ante un hombre que no tiene hambre; ciertamente es muy buena comida, y tal vez le guste mañana, pero ahora no lo ansía, y prefiere permanecer disfrutando el calor del sol en vez de levantarse y poseerlo.

El problema se resuelve con dos preguntas: ¿Cómo ser racional, por qué no quiero eso que veo que es deseable, y que produce felicidad? ¿Qué puedo hacer para que yo quiera eso que sé que es lo mejor para mí y para el mundo? El maestro espiritual que podría contestar estas preguntas de modo efectivo haría un servicio mucho mayor a muchos, que alguien que está constantemente reiterando el deseo de ideales abstractos que todos reconocemos, y la naturaleza imperativa de obligaciones que todos admitimos, pero que ignoramos. La máquina está aquí, no totalmente mal hecha; ¿quién puede colocar su dedo en la palanca, y hacerla andar?

La primera pregunta debe ser contestada por un análisis de auto-consciencia, que puede explicar esta dualidad desconcertante, que es no desear eso que sin embargo vemos que es deseable. Estamos habituados a decir que la auto-consciencia es una unidad, y sin embargo, cuando dirigimos nuestra atención hacia el interior, vemos una multiplicidad desconcertante de ‘yoes’ y nos sorprende el clamor de voces opuestas, que proceden aparentemente de nosotros mismos. Ahora bien, la consciencia, y la auto-consciencia es sólo  la consciencia llevada a un centro definido, que nos recibe y nos aleja, es una unidad, y si aparece en el mundo externo como muchos, no se debe a que perdió su unidad, sino a que se presenta a sí misma por medios diferentes. Hablamos demasiado de los vehículos de consciencia, pero tal vez no siempre tenemos en mente lo que la frase significa. Si una corriente de una batería galvánica se conduce a través de una serie de diferentes materiales, su apariencia en el mundo externo variará con cada cable. En un cable de platino puede aparecer como luz, en uno de hierro es calor, alrededor de una barra de hierro blando, como energía magnética, conducido en una solución se verá como un poder que se descompone y recombina. Sólo una energía está presente, y sin embargo aparecen muchas expresiones de la misma, porque la manifestación de la vida siempre está condicionada por sus formas, y como la consciencia trabaja en los cuerpos causal, mental, astral y físico, el resultado de ‘yo’ presenta características muy diferentes. Según el vehículo que en determinado momento le da vitalidad, así será el ‘yo’ consciente. Si trabaja en el cuerpo astral, será el ‘yo’ de los sentidos, y si lo hace en el cuerpo mental, será el ‘yo’ del intelecto.

Por la ilusión, enceguecida por la materia que la envuelve, se identifica a sí misma con los deseos de los sentidos, el razonamiento del intelecto, y exclama: “yo quiero”, “yo pienso”. La naturaleza que desarrolla los embriones de la dicha y el conocimiento es el Hombre eterno, y es la raíz de las sensaciones y los pensamientos, pero estas sensaciones y pensamientos son sólo las actividades transitorias en sus cuerpos externos, establecidos por los contactos de su vida con la vida externa, del Yo con el no-Yo. Él hace centros temporales para su vida en cualquiera de estos cuerpos, atraído por los toques de la naturaleza que despiertan su actividad, y al trabajar con éstos, se identifica con ellos. A medida que su evolución avanza, como él se desarrolla, gradualmente descubre que estos centros físico, astral y mental, son sus instrumentos, no él mismo, los ve como partes del ‘no-Yo’, que ha atraído temporalmente en unión con él, como tomaría una lapicera o un cincel, se aleja de ellos, reconociendo y usándolos como las herramientas que son, se reconoce a sí mismo como la vida, no la forma; dicha y no deseo; conocimiento y no pensamiento; y luego, primero es consciente de la unidad, y después solamente encuentra la paz. Mientras la consciencia se identifica a sí misma con las formas, parece ser múltiple, cuando se identifica a sí misma con la vida surge como una.

El próximo hecho importante para nosotros es que, como HPB lo señaló, la consciencia, en la etapa actual de evolución, tiene su centro normalmente en el cuerpo astral. La consciencia aprende a conocer por su capacidad de sensación, y la sensación pertenece al cuerpo astral. Sentimos, es decir, reconocemos el contacto con algo que no es nosotros mismos, algo que hace surgir placer o dolor en nosotros, o algo neutro. La vida de sensación es la parte más grande de la vida de la mayoría. Para quienes están por debajo del promedio, la vida de sensación es toda la vida. Para unos pocos seres avanzados, la vida de sensación se trasciende. La gran mayoría ocupa las diferentes etapas que se extienden entre la vida de la sensación, de la sensación mixta, y emoción y pensamiento en diversas proporciones. En la vida que es totalmente de sensación no existe la multiplicidad de los ‘yoes’ y por lo tanto no hay conflicto; en la vida que trascendió la sensación hay un Regente Interno Inmortal, y no existe el conflicto; pero en todos los rangos intermedios, hay una gran variedad de ‘yoes’ y entre ellos, conflicto.

Consideremos la vida de la sensación como se encuentra en el hombre primitivo de poco desarrollo. Existe un ‘yo’, pasional, ansioso, violento y codicioso cuando está en actividad. Pero no hay conflicto, excepto con el mundo externo, su cuerpo físico. Con eso puede batallar, pero no conoce la guerra interna. Hace lo que quiere, sin cuestionamientos anteriores o remordimientos posteriores; las acciones del cuerpo siguen los dictados del deseo, y la mente no desafía, no critica, ni condena. Sólo describe y registra, almacenando materiales para una elaboración futura. Su evolución está dirigida por las demandas hechas por el ‘yo’ de sensaciones, a fin de usar sus energías para la gratificación de ese ‘yo’ imperioso. Es llevado a la actividad por estos dictados del deseo, y comienza a trabajar en su almacén de observaciones y recuerdos, desarrollando así una pequeña facultad razonadora y planificando con antelación, para gratificación de su maestro. De este modo se desarrolla la inteligencia, pero la inteligencia está totalmente subordinada al deseo, se mueve bajo sus órdenes, es la esclava de la pasión. No muestra una individualidad separada, pero es meramente la herramienta del tirano ‘yo’ del deseo.

La lucha sólo comienza cuando, después de una serie de experiencias, el Hombre Eterno ha desarrollado la mente lo suficiente para examinar y equilibrar los resultados de sus actividades terrenas, durante su vida en el mundo mental inferior entre la muerte y el nacimiento. Luego él marca ciertas experiencias como resultando de mayor dolor que placer, y llega a la conclusión de que hará bien en evitar su repetición; las considera con repulsión y graba esa repulsión en su placa mental, mientras que de modo similar graba la atracción en otras experiencias que resultaron en más placer que dolor. Cuando vuelve a la tierra, trae este registro con él, como una tendencia interna de su mente; y cuando el ‘yo’ de deseos corre hacia un objeto atractivo, reiniciando un curso de experiencias que han llevado al sufrimiento, interpone una débil objeción, y otro ‘yo’, la consciencia trabajando como la mente, se hace sentir y oír, considerando estas experiencias con repulsión, y objetando ser atraído por ellas. La objeción es tan débil y el deseo tan fuerte, que apenas podemos hablar de una lucha; el ‘yo’ del deseo, entronizado desde hace mucho tiempo, corre sobre el rebelde que protesta débilmente, pero cuando el placer termina y los resultados dolorosos le siguen, el ignorado rebelde eleva su voz nuevamente en un quejumbroso ‘te lo dije’, y esta es la primer punzada de remordimiento.

A medida que las vidas se suceden, la mente se afirma más y más, y la lucha entre el ‘yo’ del deseo, y el ‘yo’ del pensamiento crece cada vez más ferozmente, y el grito agonizante del místico cristiano: “Encuentro otra ley en mis miembros batallando contra la ley de mi mente”, se repite en la experiencia de todo Hombre que evoluciona. La guerra se vuelve cada vez más intensa, ya que durante la vida devachánica las decisiones del Hombre se imprimen en la mente cada vez con más fuerza, apareciendo como ideas innatas en el siguiente nacimiento, y le dan fuerza al ‘yo’ pensante, retirándose de las pasiones y emociones, y negando su derecho a controlarlo. Pero la larga herencia del pasado está del lado del monarca que perderá su corona, y la guerra es dura e incierta.

La consciencia en sus actividades familiares, se mueve fácilmente en los surcos establecidos por los hábitos de muchas vidas; por otra parte, se desvía por los esfuerzos del Hombre para asumir control y dirigirla hacia los surcos formados por sus reflexiones. Su voluntad determina la línea de las fuerzas de la consciencia que trabajan en sus vehículos superiores, mientras que el hábito determina principalmente la dirección de las que trabajan en el cuerpo de deseos. La voluntad, guiada por una inteligencia de visión clara, señala el noble ideal que es visto como un objeto de logro adecuado; la naturaleza de deseos no quiere alcanzarlo, es letárgico ante él, más aún, a menudo es repelido por el perfil austero de su grave y experimentada dignidad.

“La dificultad está en que yo no quiero.” No queremos hacer lo que en nuestros momentos más elevados, hemos resuelto hacer. El ‘yo’ inferior es movilizado por la atracción del momento más que por los resultados registrados del pasado que influyen del superior, y la verdadera dificultad es hacer que sintamos que el ‘yo’ aletargado o clamoroso, de la naturaleza inferior no es el verdadero ‘Yo’.

¿Cómo se puede superar esta dificultad? ¿Cómo es posible hacer que aquello que sabemos que es lo superior, sea el ‘Yo’ auto-consciente habitual?

Que nadie se desanime si aquí se dice que este cambio es cuestión de crecimiento y no se puede lograr en un momento. El Yo humano no puede, con un simple esfuerzo, elevarse de la niñez a la adultez, al igual que un cuerpo no puede cambiar de la infancia a la madurez en una noche. Si la afirmación de la ley de crecimiento da un sentido de desaliento cuando lo consideramos como un obstáculo en el camino de nuestro deseo para la perfección rápida, recordemos que el otro aspecto de la afirmación es que el crecimiento es seguro, que esencialmente no se puede evitar, y que si la ley niega un milagro, por otra parte da seguridad. Más aún, podemos acelerar el crecimiento, podemos ofrecernos las mejores condiciones posibles, y luego confiar en la ley por el resultado. Consideremos entonces los medios que podemos emplear para acelerar el crecimiento que consideramos necesario, para transferir la actividad de la consciencia de lo inferior a lo superior.

Lo primero que debemos darnos cuenta es que la naturaleza del deseo no es nuestro Yo, sino un instrumento creado por el Yo para su propio uso, y luego que es un instrumento sumamente valioso, pero que sólo está mal usado. El deseo, la emoción son la fuerza motriz en nosotros, y siempre está entre el pensamiento y la acción. El intelecto ve, pero no se mueve, y un hombre sin deseos ni emociones sería un mero espectador de la vida. El Yo debe haber desenvuelto algunos de sus poderes más nobles antes que pueda prescindir del uso de los deseos y las emociones; para los aspirantes, la pregunta es cómo usarlos en vez de ser usado por ellos, cómo disciplinarlos, no cómo destruirlos. De buen agrado, ‘quisiéramos’ alcanzar lo más alto, ya que sin este deseo no haríamos ningún progreso. Quedamos retenidos al querer unirnos con objetos transitorios, mezquinos y estrechos; ¿no podemos ayudarnos a avanzar, deseando unirnos con lo permanente, lo noble y lo vasto? Reflexionando así, vemos que lo que necesitamos es cultivar las emociones, y dirigirlas de modo que purificarán y ennoblecerán el carácter.

La base de todas las emociones del lado del progreso es el amor, y este es el poder que tenemos que cultivar. George Eliot bien dijo: “La primera condición de la bondad humana es algo para amar, lo segundo, es algo para reverenciar.” La reverencia es sólo el amor dirigido a lo superior, y el aspirante debería buscar a alguien más avanzado que él mismo hacia quien dirigir su amor y reverencia. Feliz el hombre que puede encontrar a alguien así cuando busca, porque el encontrarlo le da la condición más importante para cambiar la emoción de una fuerza que retrasa a una que eleva, y para ganar el poder necesario para ‘querer’ lo que sabe que es lo mejor. No podemos amar sin buscar complacer, y no podemos reverenciar sin tomar la dicha de la aprobación de quien reverenciamos. De ahí procede un estímulo constante para mejorarnos, para construir el carácter, para purificar la naturaleza, para conquistar todo lo que es fundamental en nosotros, para esforzarnos por todo lo que es digno. Nos encontramos muy espontáneamente ‘deseando’ alcanzar un elevado ideal, y la gran fuerza motriz se envía por los surcos creados por él, por la mente. No existe un modo de utilizar la naturaleza de los deseos de modo más cierto y efectivo que el hacer de tal vínculo, el reflejo en el mundo inferior de ese lazo perfecto que une el discípulo con el Maestro.

Otro modo útil de estimular la naturaleza de los deseos como una fuerza elevadora es buscar la compañía de alguien más avanzado en la vida espiritual de lo que somos nosotros. No es necesario que nos enseñen oralmente, o que ni siquiera nos hablen. Su misma presencia es una bendición, armoniza, eleva, inspira. Respirar su atmósfera, estar rodeados por su magnetismo, ser tocado por sus pensamientos, nos ennoblece inconscientemente. Apreciamos demasiado las palabras, y desestimamos indebidamente las fuerzas más sutiles del silencio del Yo, que “dulce y poderosamente ordenan todas las cosas”, crean dentro del turbulento caos de nuestra personalidad la base segura de la paz y la verdad.

Menos potente, pero todavía segura, es la ayuda que se puede ganar leyendo cualquier libro que haga sonar una nota noble de vida, ya sea elevando un gran ideal, o presentando un carácter inspirador para nuestro estudio. Libros tales como el Bhagavadgitâ, La Voz del Silencio, Luz en el Sendero, La Imitación de Cristo, están entre los más poderosos de tal ayuda para la naturaleza del deseo. Tendemos a leer demasiado exclusivamente en busca de conocimiento, y a perder la fuerza modeladora que el pensamiento noble sobre los grandes ideales puede ejercer sobre nuestras emociones. Es un hábito útil leer cada mañana unas pocas oraciones de alguno de los libros mencionados precedentemente, y llevar esas oraciones con nosotros durante el día, creando así a nuestro alrededor una atmósfera que nos protege a nosotros y es benéfica para todos los que contactamos.

Otra cosa absolutamente esencial es la meditación diaria, una media hora serena en la mañana, antes que comience el torbellino del día, durante la cual nos retiramos deliberadamente de la naturaleza inferior, la reconocemos como un instrumento y no como nuestro Yo, nos centramos en la consciencia más elevada que podamos alcanzar, y la sintamos como nuestro yo real. “Eso que es el Ser, la Dicha y el Conocimiento, eso soy yo. La Vida, el Amor y la Luz, eso soy yo.” Porque nuestra naturaleza esencial es divina, y el esfuerzo para percibirla ayuda a su crecimiento y manifestación. Es pura, desapasionada, pacífica, es “la Estrella que brilla en el interior”, y esa Estrella es nuestro Yo. Todavía no podemos permanecer constantemente en la Estrella, pero a medida que diariamente  intentamos elevarnos hacia ella, algún resplandor de su brillo ilumina el ‘yo’ ilusorio, hecho de las sombras en las que vivimos. Podemos elevarnos adecuadamente hacia esta contemplación ennoblecedora y pacífica de nuestro divino destino, adorando con la devoción más ferviente de la que somos capaces, si somos lo suficientemente afortunados para sentir tal devoción, al Padre de los mundos y el Hombre Divino que reverenciamos como el maestro. Reposando en ese Hombre Divino como el Ayudante y Amante de todo lo que busca elevarse, llámenlo Buddha, Cristo, Sri Krshna, el Maestro, lo que queramos, podemos atrevernos a elevar nuestros ojos hacia lo UNO, de lo cual procedemos, hacia quien vamos, y con la confianza de ser sus hijos murmurar: “Yo y el Padre somos Uno, yo soy Eso.”

(Sigue en parte II)

Revista el Teósofo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s