La Ley del Sacrificio – Annie Besant

Artículo traducido al castellano por la Revista El Teósofo de The Theosophist.

Vol. 129 – nº 11 – Agosto 2008

La Ley del Sacrificio

Annie Besant

(Extraído del último capítulo de Las Leyes de la Vida Superior, que contiene conferencias dadas en la Convención Anual de la Sección India de la S.T. realizadas en Varanasi, TPH, 1903)

“Quienes ven diferencias pasan de la muerte a la muerte”, así habla el Sruti. El hombre que ve las diferencias, realmente, está continuamente muriendo, porque vive en la forma, que decae a cada instante y por lo tanto es muerte, y no vive en el Espíritu, que es vida.

Sólo entonces, en relación con ustedes y conmigo, mis hermanos, no vean la diferencia entre cada uno, por el contrario, sientan la unidad de la vida, y sepan que esa vida es común a todos, y que nadie tiene derecho a jactarse por su participación en ella, ni a sentirse orgulloso de que su parte es diferente de la de otro, sólo así y en esa proporción viviremos la Vida Espiritual.

Esa es la última palabra, parece, de la Sabiduría que los Sabios nos han enseñando. Nada inferior a esto es espiritual, nada inferior a esto es sabiduría, nada inferior a esto es vida real.

¡Oh! si por sólo un instante pudiera mostrarles, por habilidad en la expresión, o por la pasión de la emoción, un destello del débil resplandor, que gracias a los Maestros he percibido, de la gloria y belleza de la Vida que no conoce diferencias y no reconoce separación, entonces, el encanto de esa gloria conquistaría vuestros corazones, y toda la belleza de la tierra parecería sólo fealdad, todo el oro de la tierra sólo escoria, todos los tesoros de la tierra, sólo polvo en el camino, en comparación a la dicha inexpresable de la vida que se reconoce como Una.

Difícil de sostener incluso cuando se ha visto, entre las vidas separadas de los hombres, entre el glamour de los sentidos y las ilusiones de la mente.  Pero una vez vista, aunque sea por un instante, todo el mundo cambia, y al contemplar la majestuosidad del Yo, ninguna vida excepto esa parece digna de vivirse.

¿Cómo la haremos real, cómo la haremos parte nuestra, este maravilloso reconocimiento de la Vida más allá de todas las vidas, del Yo más allá de todos los yoes?  Sólo por acciones diarias de renunciación en las pequeñas cosas de la vida; sólo aprendiendo en cada pensamiento, palabra y acción, a vivir y amar la Unidad;  y no sólo hablar de ella, sino ponerla en práctica en cada ocasión, poniéndonos a nosotros en último lugar y a los demás primero, viendo siempre la necesidad de otros y tratando de cubrirla, aprendiendo a ser indiferentes al clamor de nuestra propia naturaleza inferior y oponiéndonos a escucharla.  No conozco otro sendero, que este esfuerzo humilde, paciente y perseverante, hora tras hora, día tras día, año tras año, hasta que finalmente se asciende la cima de la montaña.

Hablamos de la Gran Renunciación.  Hablamos de Estos, ante cuyos Pies nos inclinamos, como Aquellos que han “hecho la Gran Renunciación”.  No piensen que Ellos lograron Su Renunciación cuando permanecían en el umbral del Nirvâna, Ellos oyeron los lamentos del mundo con dolor, y regresaron a ayudar.  No fue entonces que se hizo la real y gran renunciación. La lograron una y otra vez en los cientos de vidas que quedaron tras Ellos; Ellos la lograron por la práctica constante de las pequeñas renunciaciones de la vida, por constante piedad, por sacrificios diarios en la vida cotidiana.  No la hicieron a último momento, cuando estaban en el umbral del Nirvâna, sino en el transcurso de vidas de sacrificio;  hasta que finalmente, la Ley de Sacrificio se volvió a tal punto la ley de Su ser, que Ellos no pudieron hacer nada a último momento, cuando la elección era de Ellos, excepto grabar en el registro del universo las renunciaciones innumerables del pasado.

Ustedes y yo, mis hermanos, hoy si quisiéramos, podríamos comenzar a hacer la Gran Renunciación;  y si no la comenzamos en la vida diaria, en el trato constante con nuestros semejantes, estén seguros que no podremos hacerla cuando estemos en la cima de la montaña.  El hábito del sacrificio diario, el hábito de pensar, el hábito de siempre dar y no tomar, sólo así aprenderemos a hacer lo que el mundo externo llama la Gran Renunciación.  Soñamos grandes hazañas de heroísmo, soñamos terribles experiencias, pensamos que la vida del discipulado consiste en tremendas pruebas para las que el discípulo se prepara, hacia las que marcha con una visión abierta, y luego por un esfuerzo supremo, por una audaz batalla, gana su corona de la victoria.

Hermanos, no es así.  La vida del discípulo es una larga serie de pequeñas renunciaciones, una larga serie de sacrificios diarios, un continuo morir en el tiempo a fin de que lo superior pueda vivir eternamente.  No es una sola hazaña la que golpea al mundo con asombro, lo que hace al verdadero discipulado, los demás eran los héroes o los mártires mayores que el discípulo.  La vida del discípulo se vive en el hogar, en la ciudad, en la oficina, en el mercado, sí, entre las vidas comunes de las personas.  La verdadera vida de sacrificio es la que básicamente se olvida de sí misma, en la que la renunciación se vuelve tan común que no hay esfuerzo, que se vuelve obvia. Si llevamos una vida de sacrificio, de renunciación, si diariamente, perseverantemente, nos brindamos a otros, nos encontraremos un día en la cima de la montaña, y descubriremos que hemos logrado la Gran Renunciación, sin siquiera soñar que ninguna otra acción es posible.

PAZ A TODOS LOS SERES

Revista el Teósofo

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