Civilización, la muerte del Arte y de la Belleza – H. P. Blavatsky

El párrafo del presente artículo fue escrito por H. P. Blavatsky y apareció en la revista Lucifer en mayo de 1891, incluido en el Volumen XIII de los Collected Writings, ha sido digitalizado y traducido al castellano por el equipo de Traducción & Proyecto de Geografía Sagrada.

CIVILIZACIÓN, LA MUERTE DEL ARTE Y DE LA BELLEZA

[Lucifer, Tomo VIII, No. 45, mayo, 1891, pp. 177-186]

 [A este ensayo le precedió la siguiente Nota firmada por el Sub-editor: «Siento tener que anunciar que la segunda parte del Escrito, ‹The Negators of Science›, no puede presentarse este mes, debido a la alarmante enfermedad de H.P. Blavatasky, que sufre de un grave ataque de la gripe actual. Se sustituye por un artículo suplementario escrito por el mismo autor».

El lector encontrará la segunda parte a la cual se hace referencia en el sitio cronológicamente correcto de las páginas anteriores.]

Durante una entrevista con el célebre violinista húngaro, M. Remenyi, el reportero de la Pall Mall Gazette (NOTA: [Tomo LII, #8080, febrero 11, 1891, p. 3]. FINAL NOTA) pide que el músico narre unas experiencias muy interesantes que tuvieron lugar en el Lejano Oriente. «Soy el primer Inglés (NOTA: Con «Inglés,» Remenyi, húngaro, se refiere a europeo. –El Traductor]. FINAL NOTA) en tocar para el Mikado de Japón», dijo; y volviendo a lo que siempre ha sido un tema de profunda consternación para todo amante de lo artístico y pintoresco, el violinista agregó: –

El 8 de agosto de 1886 aparecí ante Su Majestad –un día de fácil recuerdo, desgraciadamente, por el cambio de indumentaria exigido por la Emperatriz. Ella misma, abandonando la belleza exquisita del atuendo femenino japonés, se presentó en mi recital ese día por primera vez vestida a la europea, y me dolió en el alma verla así. Si me hubiese atrevido, la habría recibido con un largo lamento de desesperación del violín, mi fiel compañero de viaje. Seis damas la acompañaron, todas ellas vestidas con indumentaria nativa, la cual portaron con encanto y gracia infinita.

¡Ay, ay, mas esto no es todo! El Mikado –este personaje, hasta el momento sagrado, misterioso, invisible e intocable: –

«¡El Mikado mismo se presentó con el uniforme de un general europeo! En esa época, el protocolo de la Corte era tan estricto que no permitía que el músico que me acompañaba pasara a la antesala de Su Majestad, de lo cual fui informado con anterioridad. Contaba con un buen remplacement, ya que el embajador, el Conde Zaluski, el que fue alumno de Liszt, pudo tocar conmigo en el recital. Te asombrará si te digo que después de haber elegido como primera pieza del programa mi interpretación para violín de una polonesa en Do sostenido menor de Chopin, una pieza musical con un gran valor intrínseco y profundidad poética, el Emperador, cuando terminé, instó al Conde Ito, su primer ministro, a que la tocase de nuevo. El gusto japonés es bueno. Me obsequiaron con presentes de valor incalculable, uno de los cuales era una caja laqueada en oro del siglo XVII. Toqué en Hong Kong y en las afueras de Cantón, ya que no se permite que ningún europeo entre allí. Allí hice una excursión interesante a la posesión portuguesa de Macao, donde visité la cueva en la cual Camoens escribió su Lusiad. Fue muy interesante ver la parte de fuera del pueblo chino de Macao, un pueblo europeo portugués, el cual ha permanecido inmutable desde el siglo XVI hasta hoy. En medio de la vegetación tropical exquisita de Java, y a pesar del calor insoportable, di sesenta y dos conciertos en sesenta y siete días, viajando por toda la isla, fisgoneando sus monumentos, de los cuales el más maravilloso fue el templo budista, Boro Budhur, o Muchos Budas. Este edificio contiene seis mil figuras, y es una sólida mole de piedra, más grande que las pirámides. Tienen, estos javaneses, una orquesta extraordinariamente dulce en el Samelang nacional, que consiste en instrumentos de percusión tocados por dieciocho personas; pero para escuchar esta orquesta, con sus extraños coros orientales y arrebatadoras danzas, uno debe tener el privilegio de ser invitado por el mismo Sultán de Solo, ‹Único Emperador del Mundo›. No he visto nunca nada más poético ni de ensueño que los Serimpis bailados por las nueve Princesas Reales.»

¿Dónde están los Estetas de hace unos años? O ¿fue esta pequeña confederación de amantes del arte sólo otra más de las burbujas de nuestro fin de siècle, tan rico en promesas y sugerencias de muchas posibilidades, pero pobre en obras y acciones? O, si existe algún verdadero amante del arte entre ellos, porqué no organiza y envía a todos los rincones del mundo pregones que puedan avisar al Japón pintoresco y a los demás países listos para caerse víctimas, que imitar la quimera de la cultura y fascinación europea es un suicidio para las tierras no cristianas; que la imitación les llevará al sacrificio de la personalidad individual de cada uno a cambio de sombras y espectáculos fatuos; que en el mejor de los casos sólo cambia lo original y pintoresco por lo vulgar y horrendo. Sin duda ya ha llegado la hora de que por fin se haga algo en este sentido antes de que la civilización engañosa de las advenedizas naciones engreídas haya hipnotizado irremediablemente a las razas más antiguas para hacerlas sucumbir a sus artimañas venenosas y su supuesta superioridad. De no ser así, artes antiguas y creaciones artísticas originales y únicas muy pronto desaparecerán. Ya se desvanecen las vestimentas nacionales y las costumbres consagradas por el tiempo y todo lo bello, artístico y digno de conservación se disipa. Desafortunadamente, dentro de no mucho tiempo, las mejores reliquias del pasado tal vez sólo se encuentren en museos como tristes y solitarias muestras preservadas bajo cristal.

Tal es la labor y el resultado inevitable de nuestra civilización moderna. En realidad, las manifestaciones puramente superficiales son las «bendiciones» presuntas con que nuestra civilización obsequia el mundo, de sus raíces podridas hasta la médula. Al progreso de esta civilización debemos las dos mayores maldiciones de las naciones: el egoísmo y el materialismo; y la segunda de éstas nos llevará sin duda a la aniquilación del arte y de la apreciación de todo lo que es verdaderamente armonioso y bello. Hasta este momento, el materialismo sólo nos ha llevado a una tendencia universal de la unificación en el plano material y a una diversidad correlativa en el plano de los pensamientos y lo espiritual. Es esta tendencia universal, la cual impulsa la humanidad con ambición y avaricia egoísta a la caza interminable de riqueza y obtención de las presuntas bendiciones de esta vida a cualquier precio, que causa una aspiración, o mejor dicho, una gravitación, a un solo nivel, el más bajo de todos –el plano de la más vacua apariencia superficial. Materialismo e indiferencia hacia todo salvo la acumulación egoísta de riqueza y poder y la sobrealimentación de la vanidad personal y nacional han inducido paulatinamente a los hombres y las naciones a un estado casi completo de olvido en cuanto a ideales espirituales y al amor de la naturaleza como apreciación correcta de las cosas. Como una lepra terrible, nuestra civilización occidental ha carcomido todos los rincones del globo y ha endurecido el corazón humano. «Salvar almas» es el pretexto mentiroso y engañoso; avaricia por rentas adicionales provenientes de opio, ron y la inoculación de los vicios europeos –el verdadero objetivo. En el Lejano Oriente se ha infectado con el espíritu de imitación las clases sociales más altas de los «paganos» –salvo en China, cuyo conservadurismo nacional merece nuestro respecto; y en Europa ha sido injertado como fashion –tomad nota del detalle– ¡hasta entre el sucio y hambriento proletariado mismo! Durante los últimos treinta años, como si alguna apariencia engañosa de una reversión al primate ancestral –otorgada al hombre por la teoría darwiniana en el plano moral además del físico– fuese contemplado por un demonio malvado que tienta a la humanidad, casi todas las razas y naciones bajo el Sol en Asia se han vuelto locas por una pasión de imitar como si fueran simios a Europa. Esto, junto a la empresa frenética de destruir la Naturaleza en todas partes, además de todo vestigio de las civilizaciones antiguas –muchas veces superiores a la nuestra en cuanto a las artes, la espiritualidad y la apreciación de lo grandioso y armonioso– trae como consecuencia tremendas calamidades nacionales. Por tanto, ¡encontramos al Japón, otrora artístico y pintoresco, sucumbiendo totalmente a las tentaciones de justificar la «teoría de los monos» a través de la conversión de su población en simiescos imitadores con el fin de poner el país al mismo nivel de la Europa hipócrita, avariciosa y artificial!

Porque seguramente Europa es todo esto. Es hipócrita y bellaca desde sus diplomáticos hasta los que custodian la religión, desde las leyes políticas hasta las sociales, egoísta, avariciosa y brutal más allá de toda expresión en sus calidades más notables. Y aún existen los que se maravillan de la decadencia gradual del arte verdadero, como si este arte pudiese existir sin imaginación, sin la fantasía y la justa apreciación de lo bello de la Naturaleza, o sin la poesía y las aspiraciones religiosas y, por tanto, metafísicas. Las galerías de pinturas y esculturas, nos dicen, se vuelven cada año más pobres en calidad, y más ricas en cantidad. Se lamenta que mientras hay una abundante producción de piezas ordinarias, perdura una escasez más absoluta de cuadros y esculturas singulares. ¿Esto no se debe obviamente al hecho de que (a) los artistas pronto tendrán que contentarse con modelos de nature morte (o «naturaleza muerta») para encontrar su inspiración; y (b) la preocupación principal no es la creación o el objeto artístico, sino la rápida venta y ganancia? Bajo tales condiciones, la caída del arte de verdad es sólo una consecuencia natural.

Debido a la marcha triunfal e invasión de la civilización, la Naturaleza, así como el hombre y la ética, se sacrifica y se vuelve rápidamente artificial. Los climas se modifican y la faz del mundo pronto se alterará. Bajo la mano homicida de los pioneros de la civilización, la destrucción de bosques primitivos enteros da lugar a que los ríos se sequen, la apertura del canal de Suez ha cambiado el clima de Egipto y el de Panamá desviará el curso de la corriente del Golfo. Casi todos los países tropicales se están volviendo fríos y lluviosos, y tierras fértiles amenazan con transformarse en desiertos arenosos. Dentro de pocos años, a cincuenta millas a la redonda de nuestras grandes ciudades, no habrá ningún lugar rural inviolado de especuladores vulgares. Los lugares pintorescos y naturales se reemplazan diariamente por lo grotesco y artificial. Escasos son los paisajes en Inglaterra donde el cuerpo hermoso de la Naturaleza no esté profanado por los letreros que anuncian «Jabón de Pears» y «Píldoras Beecham.» Se contamina el aire puro del campo con humo, olores de grasientas locomotoras y la peste enfermiza de ginebra, whiskey y cerveza. Y una vez que todo lugar natural desaparezca, y el ojo del pintor no descanse más que en los productos artificiales y espantosos de la especulación moderna, el gusto artístico tendrá que seguir el ejemplo y desaparecer con ello…

C.W. Tomo XIII, 1891 – Civilización, la Muerte del Arte y de la Belleza

Traducción & Proyecto de Geografía Sagrada

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