Teosofía y Población – Annie Besant

Artículo traducido al castellano por la Revista El Teósofo de The Theosophist.

Vol. 127 – nº 10 – Julio 2006

Teosofía y Población

Annie Besant

Puesto que las vidas de hombres y mujeres de las clases más pobres y de las clases de profesionales peor remuneradas son una larga y desgarradora lucha para que “alcance el dinero y seguir siendo decentes”; puesto que en la clase media el matrimonio es a menudo evitado o demorado hasta un momento más tardío de la vida a causa del pavor que ocasiona una familia numerosa, y el matrimonio tardío es seguido por su sombra, el predominio del vicio y la ruina social y moral de miles de mujeres; por éstas y muchas otras razones, la enseñanza de la responsabilidad de limitar la familia al medio de subsistencia es la consecuencia lógica del materialismo.

En la búsqueda del mejoramiento del tipo físico, se prohibiría la descendencia a todos los que no fuesen matrimonios saludables; se restringirían los nacimientos dentro de los límites que coinciden con la perfecta salud y bienestar físico de la madre; y se impondría como deber el no traer niños al mundo a menos que estuviesen presentes las condiciones para su equilibrada nutrición y desarrollo. Y considerando sin posibilidades, así como dañino el predicar la abstinencia (siendo inevitable la conjunción del celibato nominal con la extensión de la prostitución, en la constitución de la naturaleza humana); bastante racional y lógicamente se aconseja la deliberada restricción de la producción de vástagos mientras se sanciona el ejercicio del instinto sexual dentro de los límites impuestos por la templanza, la mayor capacidad física y mental, el buen comportamiento y dignidad sociales, y el respeto a sí mismo de cada individuo.

En todo esto no existe nada que de alguna manera insinúe la aprobación del libertinaje, el desenfreno, y la entrega a la complacencia de los deseos. Por el contrario, es un plan de  evolución humana bien razonado y defendible intelectualmente, considerando a todos los instintos naturales como una cuestión de reglamentación y no de destrucción, y buscando desarrollar el cuerpo físico totalmente saludable y equilibrado como base necesaria para una mente saludable y equilibrada. Si las premisas del materialismo fueran verdaderas, no hay contestación a las conclusiones neo-maltusianas, porque aún esos socialistas que se han opuesto implacablemente a la promulgación del neo-maltusianismo, considerándolo como “una distracción introducida con la intencionalidad de apartar la atención del proletariado de la causa real de la pobreza, del monopolio de las tierras y del capital manejado/en manos de una clase”, admiten que, cuando la sociedad está construida sobre los cimientos de la propiedad común en todo lo que sea necesario para producir riqueza, llegará el momento de considerar el asunto de la población.

Además del antagonismo socialista, se mencionaron dos objeciones principales como posiblemente válidas en contra del neo-maltusianismo por parte de personas reflexivas:

1- Que disminuiría la lucha por la existencia, y por lo tanto destruiría la selección natural, por medio de la cual se llevó a cabo el progreso en el pasado;

2- que sólo los más racionales adoptarían esta teoría, y así la producción de progenie decrecería entre las personas razonables mientras permanecería como antes entre los ignorantes y brutales, con la consecuencia de que la población aumentaría principalmente en su parte más baja en vez de hacerlo en sus elementos más dignos.

La respuesta a la primera objeción es que los avances suceden más rápida y económicamente por selección racional, que por selección natural, y ha llegado el tiempo de que el hombre controle su propia evolución en vez de dejarla en manos de las  fuerzas ciegas de la naturaleza. A la segunda, que los ya menos desarrollados hombres y mujeres son, como regla, los más prolíficos, que un elevado desarrollo intelectual se asocia con frecuencia con una baja tasa de reproducción, y que debemos enfrentar lo inevitable; además, que los niños bien criados y cuidadosamente atendidos de los reflexivos sobreviven en cifra mucho mayor que los niños descuidados y mal nutridos de los salvajes y brutales, reduciéndose de este modo la desproporción original de las cantidades.

El famoso juicio contra mí y el señor Charles Bradlaugh por volver a publicar un panfleto sobre el tema escrito a principios de siglo por el Dr. Knowlton, un médico americano, fue el comienzo de un gran movimiento popular  en relación con el tema. Publicamos el panfleto porque fue atacado por la policía, y ése no nos pareció el modo en que debía ser resuelta semejante cuestión. Por consiguiente reimprimimos el breve tratado y dimos aviso a la policía de que le venderíamos personalmente el panfleto para no agregar dificultades técnicas en cuanto al proceso judicial; lo llevamos a cabo y el juicio fue trasladado a la corte de Queen’s Bench a la orden del Presidente del Tribunal de Justicia, quien, después de leer el panfleto, resolvió que era un trabajo científico, y no “obsceno”, en el sentido común de la palabra. Utilizando sus propias palabras se trataba de “un aburrido tratado de fisiología”.

La acusación fue llevada adelante por Sir Hadinge Gifford, el Procurador General del Partido Conservador que gobernaba en ese entonces, quien utilizó todos los medios políticos y teológicos de animosidad en contra nuestro; el juez, Sir Alexander Cockburn,  Presidente del Tribunal de Justicia de Inglaterra, nos comprendía plenamente, y opinó a favor nuestro acusando al jurado en lo que fue un verdadero discurso para la defensa; el jurado emitió un veredicto especial, absolviéndonos por completo pero condenando al libro, y el juez, de mala gana, lo interpretó como un veredicto de culpabilidad. Evidentemente molesto por el veredicto, se rehusó a dar el fallo y nos dejó ir por nuestros propios medios. Cuando después retornamos para la sentencia, nos instó a renunciar al panfleto, tal como lo había condenado el jurado; dijo que con respecto a eso nuestro procedimiento en su totalidad había sido correcto, pero que debíamos ceder al fallo del jurado.

Fuimos obstinados, y nunca olvidaré el modo patético con el que el gran juez nos exhortó a resignarnos y como finalmente, cuando insistimos en que continuaríamos vendiéndolo hasta que se obtuviera el derecho a venderlo, dijo que nos hubiera dejado en libertad si hubiésemos cedido ante la corte, pero nuestra perseverancia lo obligó a condenarnos. Presentamos la apelación, prometiendo no venderlos hasta que se resolviera la misma y nos dejó ir por nuestros propios medios. En la apelación anulamos el veredicto y fuimos liberados. Recuperamos todos los panfletos confiscados y los vendimos públicamente. Continuamos con la venta hasta que fuimos notificados de que no habría intentos de nuevas acciones judiciales en nuestra contra, y entonces abandonamos la venta del panfleto y nunca más la retomamos. Escribí “La Ley de la Población” en su reemplazo, y mi panfleto nunca fue atacado, excepto en Australia, donde el ataque fracasó ignominiosamente, el Juez Windeyer de la Corte Suprema resolviendo a su favor en un juicio extraordinario, en el cual defendió el panfleto y la postura neo-Maltusiana en uno de los argumentos más luminosos y convincentes que yo haya leído.

El fallo fue en aquel momento comentado por la prensa inglesa como “un brillante triunfo de la Sra. Besant”, y supongo que lo fue; pero ningún juicio legal pudo enmendar el daño forjado en la mente pública por la calumnia  maligna y persistente en Inglaterra. Nadie excepto yo misma sabrá alguna vez los sufrimientos que ha cobrado de mí ese juicio: pérdida de los niños  (a pesar de que el juez dijo que sólo mi ateísmo justificaba que me los quitaran), pérdida de amigos, ostracismo social, acompañado de toda la agonía sentida por una mujer de vida pura, siendo el blanco de las más infames acusaciones. Por otro lado estaba la gratitud vehemente evidenciada por las cartas de miles de mujeres pobres, casadas (muchas de ellas esposas de clérigos de campo o curas pobres) agradeciéndome y dándome sus bendiciones por mostrarles cómo escapar del auténtico infierno en el que habían vivido. Las “clases altas” de la sociedad no saben nada del modo en que viven los pobres; cómo su hacinamiento destruye todo sentido de dignidad personal, de pudor, de consideración ante la vida humana, como justamente dijo el Obispo Fraser, es “más degradada que el nivel del puerco”. Fui hacia eso y hasta allí llegué, y no pude disminuir el precio que parecía ser el rescate para su salvación. Me refería, claro está, a la pérdida de todo lo que hacía  a la vida valiosa, pero pareció a la misma vez ser la adquisición para ellos de todo lo que daba esperanzas para un futuro mejor. Entonces, ¿Quién podría dudar, cuyo corazón haya sido encendido por la devoción a una humanidad ideal, animada por el materialismo que es de amor y no de odio?

Desafortunadamente, la humanidad ideal fue erigida sobre un pedestal falso, en la creencia de que el hombre era simplemente la consecuencia de factores físicos, en vez de ser su amo o creador. Sólo relacionado con la existencia terrestre, no era más que el organismo más avanzado de la tierra. No consiguiendo ver su pasado y su futuro, ¿cómo podrían mis ojos no haber sido enceguecidos a las profundas causas yacentes de su aflicción presente? Yo había presentado un remedio material para una enfermedad que me pareció que era de origen material. Pero, ¿cómo, cuando el mal era de origen más sutil, y sus causas no yacen en el plano material? Y, ¿cómo, si el remedio establecía nuevas causas para males futuros, sólo expulsó los síntomas de la enfermedad mientras recrudecía el virus fuera de nuestra vista? Ése fue el nuevo problema a solucionar cuando la Teosofía mostró la historia del hombre, contó su origen y su destino, e indicó la verdadera relación entre su pasado, su presente y su futuro.

Porque, ¿qué es el hombre a la luz de la verdad teosófica? Es una inteligencia espiritual, eterna e increada, recorriendo un vasto ciclo de experiencia humana, nacido y renacido en la tierra milenio tras milenio, lentamente evolucionando hacia el Hombre Ideal. No es resultado de la materia, pero está revestido de materia, y las formas de materia con las que se viste a sí mismo, son de su propia hechura. Porque la inteligencia y la voluntad del hombre son fuerzas creativas (no creadoras ex-nihilo, sino creativas como lo es el cerebro del pintor), y estas fuerzas son ejercidas por el hombre en cada acción del pensamiento; por lo tanto, está siempre creando formas de pensamiento a su alrededor, modelando materia más sutil por medio de estas energías, formas que prevalecen como realidades tangibles para aquellos que han desarrollado los sentidos por medio de los cuales son cognoscibles. Entonces, cuando el momento para renacer en la vida de esta tierra se acerca, estas formas de pensamiento pasan del plano mental al plano astral y se vuelven más densas por medio de la conformación de materia astral dentro de ellas; y a su vez dentro de estas formas astrales se construyen las moléculas de la materia física, cuya materia es por consiguiente modelada para el nuevo cuerpo en conformidad a lo establecido por la vida inteligente y volitiva de la encarnación previa, o de muchas anteriores. Así cada hombre crea para sí mismo, en verdad, la forma en la cual funciona, y lo que él es en su presente es el resultado inevitable de sus propias energías creativas de su pasado.

No es difícil entender cómo esta visión del hombre afectará a la teoría Neo-Maltusiana. El hombre físico en el presente es en gran parte la consecuencia del hombre mental del pasado, complicado por los instintos transferidos físicamente y surgiendo de los actos del cuerpo físico, y siendo sólo el instrumento o medio a través del cual el verdadero ser trabaja en el plano físico; todo lo que el hombre necesita hacer es mantener su instrumento en el más óptimo funcionamiento posible para sus propósitos más elevados, capacitándolo en receptividad a los impulsos de lo más noble que hay en él. Ahora bien, el instinto sexual que tiene en común con la bestia, es una de las fuentes más abundantes de miseria humana, y la satisfacción de su sed imperiosa se encuentra en la raíz de la mayor parte de los problemas del mundo. Mantener este instinto bajo total dominio, desarrollar el intelecto a expensas de la naturaleza animal, y de este modo elevar al hombre entero desde la fase animal hasta la humana, es la tarea hacia la cual la humanidad debe abocarse.

El desarrollo excesivo de este instinto en el hombre, en grado mucho mayor y más incesantemente que en cualquier animal, debe ser combatido, y, con toda seguridad, nunca decrecerá por la auto indulgencia despreocupada en el seno de la relación conyugal, más que por la auto indulgencia fuera de ésta. Ha alcanzado su actual desarrollo anómalo por la auto satisfacción en el pasado; todos los pensamientos, deseos y fantasías sexuales habiendo creado sus adecuadas formas de pensamiento, dentro de las cuales fueron forjadas las moléculas del cuerpo y del cerebro que hoy ocasionan la pasión en el plano material. Por ningún otro camino que por el del auto control y la auto negación pueden los hombres y mujeres poner ahora en marcha las causas que en su futuro regreso a la vida en la tierra construirían para ellos cuerpos y cerebros de un tipo superior. Cuanto antes se inicien las causas, antes se acumularán los resultados; de lo cual se deduce que los Teósofos deben dar la nota de la auto moderación dentro del matrimonio y la restricción de la relación conyugal para la perduración del género. Tal es la consecuencia inevitable de la teoría teosófica de la naturaleza humana, tan inevitablemente como el neo- maltusianismo fue la consecuencia de la teoría materialista.

Pasando del materialismo a la Teosofía, debo pasar del neo maltusianismo a lo que llamaremos ascetismo, y es oportuno exponer claramente esto, ya que mi nombre ha sido tan públicamente y durante tanto tiempo asociado con la otra enseñanza. Me rehusé tanto a seguir imprimiendo como a vender los derechos de reproducción de “La Ley de la Población”, de modo que cuando aquellos que hayan pasado más allá de mi control hayan sido desechados por aquellos que los adquirieron, no serán divulgadas más copias. Tardé en arribar a esta decisión definitiva, porque confieso que mi corazón en parte no aceptaba la idea de retirarse de lo que conozco  de los pobres, hasta donde me fue posible, un paliativo para la  miseria desgarradora bajo la cual gimen, y de las madres casadas de mi mismo sexo, el impulso de ayudar a quienes habían sido mi móvil de acción más fuerte en 1877, una protección contra los males que demasiado a menudo hacen naufragar sus vidas y llevan a muchas a una tumba temprana, envejecidas antes siquiera de que la mediana edad las haya alcanzado.  No habría dado este paso si no me hubiera sentido obligada a admitir que la enseñanza del neo-maltusianismo era  anti teosófica: pero habiéndolo dado, es apropiado hacerlo públicamente, y decir con franqueza que mi enseñanza anterior estaba basada en una visión errónea de la naturaleza del hombre, considerándolo como el simple producto de la evolución en vez de como el espíritu de inteligencia y voluntad, sin los cuales la evolución no acaecería.

Muchos se sentirán movidos a preguntar: “¿No lamenta haber padecido tanto por algo que estaba basado en una visión equivocada de la vida humana?” Sinceramente, no. De aquella lucha ardua y dolorosa en la cual ingresé contra todos los instintos de mi naturaleza y a despecho de mi formación social, con el único deseo de ayudar a los pobres y a los miserables, he aprendido lecciones que no hubiese salteado con la finalidad de huir del dolor. De ella aprendí a permanecer sola, indiferente a las opiniones generadas por la mala información, y de interés egoísta; a enfrentarme al oprobio haciendo honor a los principios de conducta, al desprecio social en honor al deber, al odio en honor al amor. El método estaba errado, pero el principio era correcto, y éste por lo menos, es el fruto de la pasada y amarga pelea, la fortaleza para abrazar una causa impopular, para afrontar las burlas y la severa resistencia, la solidez que puede hallar un espacio en el servicio, en defensa de aquella causa a la cual me consideró digna para consagrar mi vida, mi líder y maestra H.P.B. [H.P.Blavatsky].

Revista el Teósofo

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