La Mente en la Naturaleza – H. P. Blavatsky

Inmensa es la presunción de la ciencia moderna y sin paralelo son sus logros. Los filósofos precristianos y medioevales pueden haber dejado algunas huellas en minas inexploradas; pero el descubrimiento del oro puro y de las joyas inestimables se debe a la labor paciente del erudito moderno. Así declaran que el conocimiento real y genuino de la naturaleza del Kosmos y del ser humano, es un fruto reciente. La lozana planta moderna ha nacido de las malas hierbas mustias de las antiguas supersticiones.

Sin embargo, los estudiantes de Teosofía no comparten lo antedicho y afirman que no es suficiente usar las invectivas de Tyndall y de otros, según los cuales: “el pasado inculto tenía concepciones insostenibles,” para ocultar las minas intelectuales que contribuyeron a esculpir las reputaciones de numerosos filósofos y científicos modernos. Le corresponde a la posteridad imparcial decir cuántos de entre nuestros eximios científicos han derivado honor y crédito con simplemente embellecer las ideas de esos antiguos filósofos que siempre denigran. Sin embargo, la soberbia y la presunción han atenazado el cerebro del docto medio como dos cánceres terribles, especialmente en el caso de los orientalistas, los estudiosos de sánscrito, los egiptólogos y los asiriólogos. A los orientalistas los guían (o quizá sólo pretenden ser guiados), por comentadores post-Mahâbhârata,[1] mientras los asiriólogos siguen la interpretación arbitraria de papiros compulsados con lo que éste o aquél escritor griego ha dicho o ha soslayado en silencio y se valen de inscripciones cuneiformes en tablillas de arcilla semidestruidas, que los asirios copiaron de registros “acado”-babilónicos. Entre ellos, hay una plétora inclinada a olvidarse, en cada oportunidad conveniente, que los numerosos cambios idiomáticos, la fraseología alegórica y el sigilo evidente de los antiguos escritores místicos, los cuales, generalmente, se encuentran bajo la obligación de no divulgar jamás los secretos solemnes del santuario, pueden haber tristemente desviado tanto a los traductores como a los comentadores. La mayoría de nuestros orientalistas, en lugar de admitir su ignorancia, prefieren permitir a la soberbia ofuscar la lógica y los poderes del raciocinio, afirmando, con orgullo, como lo hace el profesor Sayce,[2] que han descifrado el verdadero significado de los antiguos símbolos religiosos y pueden interpretar los textos esotéricos con más acierto que los hierofantes iniciados caldeos o egipcios. Esto equivale a decir que los antiguos hierogramáticos y los sacerdotes, los inventores de todas las alegorías que servían para velar las numerosas verdades enseñadas durante las Iniciaciones, estaban completamente a obscuras de los textos sagrados que ellos mismos recopilaron o escribieron. Esto colinda con la otra ilusión de algunos estudiosos de sánscrito quienes, aunque jamás han estado en la India, pretenden que su conocimiento del acento sánscrito, su pronunciación y también el sentido de las alegorías védicas, superan a aquel de los más letrados entre los excelentes pundits brahmánicos y eruditos sanscritistas indos.

Después de esto no hay que maravillarse si el estudiante moderno interpreta literalmente la fraseología y los velos de nuestros alquimistas y cabalistas medioevales; los eruditos en griego de las universidades de Oxford y Cambridge corrigen el griego y aun las ideas de Esquilo y las parábolas veladas de Platón se atribuyen a su “ignorancia.” Sin embargo, si los estudiantes de los idiomas muertos algo conocen, deberían saber que en la filosofía antigua y moderna se practica el estilo del determinismo extremo; que todo lo que se nos concede saber en la tierra desde el principio de la humanidad, estaba bajo la égida segura de los Adeptos del santuario; que las diferencias en los credos y en la práctica religiosa eran sólo externas y que estos custodios de la primitiva revelación divina, los cuales habían resuelto todo problema asible por el intelecto humano, estaban unidos por una francmasonería universal de ciencia y filosofía, formando así una cadena ininterrumpida alrededor del globo. Le corresponde a la filología y a los orientalistas esforzarse por encontrar la punta del hilo. Pero si siguen buscándola sólo en una dirección que además es equivocada, nunca descubrirán la verdad ni el hecho. Así, es el deber de la psicología y la teosofía ayudar al mundo para que alcancen la verdad y el hecho. Hay que estudiar las religiones orientales a la luz de la filosofía oriental y no occidental y si ustedes logran desatar un sólo eslabón de los antiguos sistemas religiosos, la cadena del misterio puede soltarse. Para llevar a cabo esto, no se debe concordar con los que enseñan que es antifilosófico investigar en las causas primeras y que todo lo que podemos hacer es considerar sus efectos físicos. La naturaleza física circunfiere el campo de la investigación científica, por lo tanto, una vez alcanzados los límites materiales, la investigación debe detenerse y el trabajo debe volver a empezar. Como al teósofo no le gusta caer en un círculo vicioso, debe rechazar seguir la orientación de los materialistas. Él sabe, en todo caso, que según la antigua doctrina, las revoluciones del mundo físico corresponden con revoluciones análogas en el mundo intelectual; ya que en el universo, la evolución espiritual procede de forma cíclica como la física. ¿Quizá en la historia no discernimos un alternarse regular de flujo y reflujo en la marea del progreso humano? ¿Acaso no percibimos en la historia y también en el ámbito de nuestra experiencia, que los grandes reinos del mundo, después de haber alcanzado su apogeo, vuelven a descender en armonía con la misma ley mediante la cual ascendieron? Esto acontece hasta que llegan a su punto más bajo, momento en que la humanidad se reafirma y vuelve a subir y, mediante esta ley de progreso ascendente cíclico, su pináculo es un poco superior al punto desde el cual bajó. Los reinos y los imperios están sujetos a las mismas leyes cíclicas que las plantas, las razas y toda cosa en el Kosmos.

No es una quimera la división histórica de la humanidad en lo que los hindúes llaman Sattva, Tretya, Dvâpara y Kali Yugas, mientras los griegos los definen como “las Edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro.” Lo mismo es discernible en la literatura humana. A una edad de gran inspiración y productividad espontánea, le sucede, invariablemente, una de crítica y análisis. La primera proporciona el material para el intelecto analítico y crítico de la otra. “Este es el momento idóneo para reexaminar las antiguas filosofías. Los arqueólogos, los filólogos, los astrónomos, los químicos y los físicos se están acercando más y más al punto en que se verán obligados a considerarlas. La ciencia física ya ha alcanzado sus límites de exploración y la teología dogmática se da cuenta de que los manantiales de su inspiración están secándose. Está acercándose el día en que el mundo recibirá las pruebas de que sólo las religiones antiguas estaban en armonía con la naturaleza y la ciencia de antaño abarcaba todo lo cognoscible.” Volvemos a reiterar la profecía presentada en Isis sin Velo hace veinte años: “Los secretos mantenidos por mucho tiempo se revelarán; los libros caídos en el olvido y las artes perdidas desde hace un gran lapso, pueden sacarse nuevamente a la luz; papiros y pergaminos de importancia inestimables aparecerán en las manos de hombres que pretenderán haberlos desplegado de las momias o haber tropezado con ellos en las criptas sepultadas; también se exhumarán e interpretarán tablillas y columnas, cuyas revelaciones esculpidas desconcertarán a los teólogos y confundirán a los científicos. ¿Quién sabe las posibilidades del futuro? Muy pronto alboreará una era de desencanto y reconstrucción, mejor dicho, ya empezó. El ciclo casi ha llegado a sus postrimerías, uno nuevo está por comenzar y las páginas futuras de la historia pueden contener la prueba tajante de lo susodicho, corroborándolo plenamente.

Desde los días que el párrafo anterior fue escrito, gran parte de su contenido se ha vuelto en una realidad: el descubrimiento de las tejas de arcilla asirias y sus archivos, han inducido a los intérpretes cristianos y librepensadores de las inscripciones cuneiformes, a alterar la edad del mundo.[3]

Hoy, la cronología de los Purânas hindúes reproducida en La Doctrina Secreta es objeto de escarnio, sin embargo llegará el momento en que será aceptada universalmente. Podríamos considerar esto una simple suposición, que será tal, sólo por el momento. En rigor, es simplemente una cuestión de tiempo. El asunto de la disputa entre los defensores de la sabiduría antigua y sus detractores legos y clericales estriba en dos puntos: (a) la comprensión errónea de los antiguos filósofos por la carencia de las claves que los asiriólogos se ufanan haber encontrado y (b) las tendencias materialistas y antropomórficas de la edad. Esto no impide, para nada, que los darwinistas ni los filósofos materialistas excaven en las minas intelectuales de los antiguos, beneficiándose del caudal de ideas que ahí encuentran; ni detiene a los sacerdotes de descubrir dogmas cristianos en la filosofía platónica, llamándolos “presentimientos,” como demuestra el libro del doctor Lundy: El Cristianismo Monumental y otras obras del género.

Toda la literatura o lo que permanece de los escritos sacerdotales de los indos, egipcios, caldeos, persas, griegos y guatemaltecos (Popol Vuh), está pletórica de tales “presentimientos.” Las religiones primitivas, sin excepción, basándose en la misma piedra angular, los Misterios antiguos, reflejan las creencias más importantes entre las que en un tiempo eran universales, por ejemplo: un Principio impersonal, divino y universal, absoluto en su naturaleza e incognoscible para el intelecto “cerebral” o el conocimiento condicionado y limitado del ser humano. En el universo manifestado es imposible imaginarse quién pueda presenciar esto, sino la Mente Universal, el Alma del universo. Lo que por sí solo es una prueba eterna e incesante de la existencia del Principio Uno, es la presencia de un designio innegable en el mecanismo kósmico, el nacimiento, el desarrollo, la muerte y la transformación de todo lo existente en el universo, desde las estrellas silenciosas e inalcanzables al humilde liquen, desde el ser humano a las vidas invisibles que ahora llamamos microbios. De aquí la aceptación universal del “Pensamiento Divino,” el Anima Mundi (Alma del Mundo) de la antigüedad. Entre todas las doctrinas más antiguas ahora conocidas y creíadas por la humanidad, se enumera la idea de Mahat, (el gran) Akâshâ o el aura de transformación de Brahmâ entre los hindúes, la idea de Alaya, “el Alma divina del pensamiento y de la compasión” de los místicos trans-himaláyicos; la idea de la “Divinidad perpetuamente razonadora” de Platón. Por lo tanto, no se puede decir que se originaron con Platón, Pitágoras ni con ninguno de los filósofos dentro del período histórico. Los Oráculos Caldeos dicen: “Las obras de la naturaleza coexisten con la Luz intelectual y espiritual del Padre; ya que es el Alma que adornó el inmenso cielo y que lo adorna como el Padre.”

“El mundo incorpóreo ya estaba completo y, teniendo su morada en la Razón Divina,” dice Philo, al cual se le tilda, injustamente, de derivar su filosofía de Platón.

En la Teogonía de Mochus vemos que el Eter es el primero y después le sigue el aire, los dos principios de los cuales nace Ulom, el Dios inteligible (el universo visible de materia).

En los himnos Orficos, el Eros-Fanes se desenvuelve del Huevo Espiritual que los vientos etéreos fecundan. El viento es el “Espíritu de Dios” que, según se dice, se mueve en el éter, “revoloteando sobre el Caos,” la “Idea” Divina. En el Kathopanishad hindú, Purusha, el Espíritu Divino, antecede la Materia original. De su unión nace la gran Alma del Mundo, “Mahâ-Atmâ, Brahm, el Espíritu de la Vida.” Estos términos son sinónimos de Alma Universal o Anima Mundi y la Luz Astral de los Teúrgos y los Cabalistas.

Pitágoras trajo sus doctrinas de los santuarios orientales y Platón, que las había aceptado completamente, las compiló en una forma más inteligible para la mente no iniciada, que los números pitagóricos misteriosos. Por lo tanto, para Platón, el Kosmos es “el Hijo,” cuyo padre y madre son el Pensamiento Divino y la Materia. El “Ser Primario”[4] es una emanación de la Mente Universal o del Demiurgo, la cual contiene, desde la eternidad, la idea del “mundo a crear” dentro de sí, cuya idea, el Logos inmanifestado la produce de Sí. La primera Idea “nacida en la oscuridad antes de la creación del mundo,” permanece en la Mente inmanifestada; la segunda es esta Idea que se desprende de la Mente (ahora el Logos manifestado), como un reflejo que se reviste de materia, asumiendo una existencia objetiva.

Lucifer, Septiembre de 1896

Notas
[1] Famoso poema épico de la India.

[2] Véase las Conferencias de Hibbert, de 1887 pp. 14-17, referentes al origen y desarrollo de la religión de los antiguos babilonios. En este contexto, el profesor A. H. Sayce dice que, si bien: “muchos de los textos sagrados se escribieron para que sólo los iniciados [yo puse el estilo bastardillo H.P.B.] los entendieran, una vez que poseían las claves, él agrega que los orientalistas tienen “un indicio para interpretar estos documentos que ni siquiera los sacerdotes iniciados poseían.” (Pag. 17). El “indicio al que alude, es la moda moderna, tan querida por Gladstone y tan mustia en su monotonía para la mayoría, según la cual, en cada símbolo de las religiones antiguas los orientalistas perciben un mito solar y cada vez que la oportunidad lo exija, lo degradan a un emblema sexual o fálico. De aquí deriva la declaración que: “mientras Gisdhubar era simplemente un paladín y un conquistador de la antigüedad,” para los orientalistas, quienes “pueden descifrar los mitos,” es sencillamente un héroe solar, quien era sólo el descendiente transformado de un Dios menor del Fuego.

[3] Sargon, el primer monarca “semita” de Babilonia, el prototipo y el original de Moisés, ahora se hace remontar al 3,750 a. de J.C., mientras la Tercera Dinastía egipcia data, más o menos “6,000 años” y por lo tanto antecedería, algunos años, la creación del mundo, según la cronología bíblica. (Véase Las Conferencias Hibbert sobre Babilonia de A. H. Sayce, 1887, pp. 21-33.

[4] Para los teósofos son Seres, en cuanto son la agregación colectiva de los Rayos divinos.

(The Mind in Nature, Lucifer, sept. 1896)

 H. P. Blavatsky

La Mente en la Naturaleza – H. P. Blavatsky

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