¿Qué es la Verdad? – H. P. Blavatsky

La Verdad es la voz de la Naturaleza y del Tiempo,
La Verdad es el consejero asombroso dentro de nosotros,
Nada está destituido de ella, procede de las estrellas,
Del áureo sol y de toda brisa que sopla […]

—W. Thompson Bacon

El sol inmortal de la Hermosa Verdad
A veces se esconde en las nubes, no porque su luz
Sea, en sí, defectuosa; sino que la oscurecen
Mi débil prejuicio, la fe imperfecta
Y todas las millares de causas que obstaculizan
El crecimiento de la bondad […]

—Hannah More

“¿Qué es la Verdad?” preguntó Pilatos a uno que debía conocerla, si las pretensiones de la Iglesia Cristiana son, aún aproximadamente, correctas. Sin embargo, él permaneció en silencio. Así, la verdad que no divulgó, se quedó sin revelarse tanto para sus seguidores como para el gobernante romano. El silencio de Jesús en esta y en otras ocasiones, no impide a sus actuales acólitos actuar como si hubiesen recibido la Verdad última y absoluta y de ignorar el hecho de que se les proporcionó ciertas Palabras de Sabiduría que contenían una porción de la verdad, la cual se ocultaba en parábolas y dichos hermosos aunque obscuros. 1

Esta actitud condujo, gradualmente, al dogmatismo y a la afirmación. Dogmatismo en las iglesias, en la ciencia y en todas partes. Las verdades posibles, vagamente percibidas en el mundo de la abstracción, análogamente a aquellas inferidas mediante la observación y el experimento en el mundo de la materia, se imponen, bajo la forma de revelación Divina y autoridad Científica, a las muchedumbres profanas, excesivamente atareadas para pensar con su propia cabeza. Sin embargo, la misma pregunta quedó en suspenso desde los días de Sócrates y Pilatos, hasta nuestra edad de negación completa. ¿Existe algo de verdad absoluta en las manos de algún grupo o de algún ser humano? La razón responde: “que no puede ser posible.” En un mundo tan finito y condicionado como es el del ser humano, no hay espacio para la verdad absoluta tocante a ningún tema. Sin embargo, existen verdades relativas y debemos libar de ellas lo mejor que podamos.

En cada edad han habido Sabios que han dominado el absoluto; pero sólo podían enseñar verdades relativas; ya que, aún, ninguna prole de mujer mortal, en nuestra raza, ha divulgado, ni pudo haber divulgado, la verdad completa y final a otro ser humano, en cuanto todo individuo debe encontrar este conocimiento final en sí mismo. Como no hay dos mentes absolutamente idénticas, cada una debe recibir la iluminación suprema mediante sus esfuerzos, en consonancia con sus capacidades y no por conducto de una luz humana. La cantidad de Verdad Universal que el sumo adepto viviente puede revelar, depende de la capacidad asimilativa de la mente a la que está imprimiendo, la cual no puede ir más allá de su habilidad receptiva. Tantos hombres, tantas afirmaciones, es una verdad inmortal. El sol es uno; sin embargo, sus rayos son incontables y los efectos producidos son benéficos o maléficos según la naturaleza y la constitución de los objetos sobre los cuales brilla. La polaridad es universal, pero el polarizador yace en nuestra conciencia. Nosotros, los seres humanos, asimilamos la verdad suprema de manera más o menos absoluta, en proporción al ascenso de nuestra conciencia hacia ella. Todavía, la conciencia humana es simplemente el girasol de la tierra. La planta, añorando los rayos cálidos, sólo puede dirigirse hacia el sol y circunvalar a su alrededor siguiendo la trayectoria de la estrella inasequible: sus raíces la mantienen anclada al suelo y mitad de su vida transcurre en la sombra […]

Sin embargo, cada uno de nosotros puede alcanzar, relativamente, el Sol de la Verdad aún en esta tierra y asimilar sus rayos más cálidos y directos a pesar del estado diferenciado en que puedan tornarse después de su largo viaje a través de las partículas físicas del espacio. A fin de alcanzar esto, existen dos métodos. En el plano físico podemos usar nuestro polariscopio mental y, analizando las propiedades de cada rayo, escoger el más prístino. Para arribar al Sol de la Verdad, en el plano de la espiritualidad, debemos trabajar con ahínco para el desarrollo de nuestra naturaleza superior. Sabemos que, al paralizar, gradualmente, dentro de nosotros, los apetitos de la personalidad inferior, sofocando, entonces, la voz de la mente puramente fisiológica, la cual depende y es inseparable de su medio o vehículo: el cerebro orgánico; el ser animal en nosotros puede hacer espacio a lo espiritual y, una vez levantado de su estado latente, los sentidos y las percepciones espirituales más elevadas crecen y se desarrollan en nosotros, en proporción y pari passu con el “ser divino.” Esto es lo que los grandes adeptos, yogis orientales, místicos occidentales, han hecho siempre y aún continúan haciendo.

Además, sabemos que, salvo pocas excepciones, ningún hombre de mundo, ni ningún materialista, creerá jamás en la existencia de tales adeptos o aún en la posibilidad de este desarrollo espiritual o psíquico. “El incauto del pasado, en su corazón pronunció que no existe ningún Dios,” el individuo moderno dice: “No hay adeptos en la tierra, éstos son simplemente el producto de vuestra imaginación desquiciada.” Al estar conscientes de esto, nos apresuramos a reafirmar a nuestros lectores Santo Tomases. Les rogamos que se dediquen a la lectura de otros artículos de esta revista más compatibles con sus intereses: los misceláneos ensayos sobre el Hilo-Idealismo por varios autores.2

Desde luego, la revista Lucifer trata de satisfacer a sus lectores de cualquier “escuela de pensamiento,” demostrándose igualmente imparcial hacia el teísta y el ateo, el místico y el agnóstico, el cristiano y el gentil. Nuestros artículos de fondo, los Comentarios relativos a La Luz en el Sendero, etc., no se dirigen a los materialistas; sino a los teósofos o a esos lectores conscientes, en su corazón, de la verdadera existencia de los Maestros de Sabiduría. Y si bien la verdad absoluta no se alberga en la tierra y se debe buscar en regiones más elevadas, aún en este irrisorio y pequeño globo rotante existen ciertas cosas que la filosofía occidental aún no ha, ni siquiera, imaginado.

Volviendo a nuestro tema: sigue que aunque “la verdad abstracta general, es la bendición más preciosa,” por el momento, igualmente para muchos de nosotros como para Rousseau, tenemos que satisfacernos con verdades relativas. En realidad, en la mejor hipótesis, somos un pobre grupo de mortales que siempre siente pavor aún frente a una verdad relativa, en cuanto podría devorarnos junto a nuestros preconceptos anodinos. En la vertiente de una verdad absoluta, la mayoría de nosotros no logra verla, así como no alcanza a llegar a la luna en bicicleta. En primer lugar, porque la verdad absoluta es tan inconmovible como la montaña de Mahoma, la cual rehusó molestarse para el profeta, el cual tuvo que ir a ella. Debemos seguir su ejemplo si queremos acercarnos a ésta aún a distancia. En segundo lugar, porque el reino de la verdad absoluta no es de este mundo; y nosotros estamos demasiado identificados con éste. Y, finalmente, porque a pesar de que en la fantasía del poeta, el ser humano es:

[…] El abstracto
De toda perfección, que la obra
Del cielo ha modelado […],
en realidad es una triste mezcla de anomalías y paradojas, un globo inflado con su propia importancia, con todo tipo de opiniones contradictorias y con facilidad aceptadas. Es a la vez una criatura arrogante y débil; quien, y si bien en un constante temor de alguna autoridad terrenal o celestial
[…] como un mono iracundo
Juega tales trucos fantásticos delante del Cielo elevado
Que hace sollozar a los ángeles.

Ahora bien, como la verdad es una joya polifacética, cuyos aspectos son imposibles de percibir todos a la vez y como no existen dos hombres, a pesar de su ansia por discernir la verdad, capaces de ver, siquiera una de estas facetas de manera similar, ¿qué podemos hacer para ayudarlos a percibirla? Visto que el ser físico, cuyas ilusiones lo limitan y obstaculizan por todos lados, no puede alcanzar la verdad mediante la luz de sus percepciones terrenales, os decimos que desarrolléis vuestro conocimiento interno. Desde el período en el cual el oráculo délfico dijo al investigador: “Hombre, conócete a ti mismo,” no se ha enseñado una verdad más grande o más importante. Sin tal percepción, el ser humano permanecerá, para siempre, ciego a muchas verdades relativas por no mencionar la absoluta. El hombre debe conocerse a sí mismo: adquirir las percepciones interiores que nunca engañan, antes de que domine alguna verdad absoluta. La verdad absoluta es el símbolo de la Eternidad y ninguna mente finita podrá jamás asir lo eterno. Por lo tanto, ninguna verdad podrá descender a ella en su totalidad. Para alcanzar el estado durante el cual el ser humano la ve y la percibe, debemos paralizar los sentidos del hombre externo de arcilla. Se nos dirá que ésta es una tarea complicada y, en tal coyuntura, la mayoría de las personas preferirá, indudablemente, satisfacerse con verdades relativas. Sin embargo, aún el acercarse a las verdades terrenales exige, en primer lugar, amor hacia la verdad por la verdad misma, de otra manera no se le podrá reconocer. ¿Quién ama a la verdad, en esta edad, por la verdad misma? ¿Cuántos, entre nosotros, están preparados a buscarla, aceptarla y ponerla en práctica, en una sociedad en que cualquier cosa que tenga éxito debe construirse en las apariencias y no en la realidad, en el egocentrismo y no en el valor intrínseco? Estamos completamente conscientes de las dificultades que se interponen en el camino para recibir la verdad. La doncella de belleza celestial desciende sólo al terreno que le conviene, el suelo de una mente imparcial, sin prejuicios e iluminada por la pura Conciencia Espiritual y ambos son raros habitantes en las tierras civilizadas. En nuestro siglo de vapor y de electricidad, en el que el ser humano vive a una velocidad febril, dejándole muy poco tiempo para la reflexión, por lo general se deja ir a la deriva, de la cuna a la tumba, clavado a la cama de Procuste de las usanzas y convencionalidades. Ahora bien, el convencionalismo puro y simple es una mentira congénita, ya que, en cada caso, es una “simulación de los sentimientos según un patrón recibido” (definición de F. W. Robertson) y donde hay alguna simulación, no puede haber ninguna verdad. Aquellos obligados a vivir en la atmósfera sofocante del convencionalismo social y que, aún cuando deseen y añoren aprender, no osan aceptar las verdades que anhelan por temor al Moloch feroz llamado sociedad, saben muy bien cuán honda es la observación de Byron según el cual: “la verdad es una joya que se encuentra en una gran profundidad, mientras, en la superficie de este mundo, se sopesan todas las cosas mediante las falsas escalas de la costumbre.”

(“What is Truth?”, Lucifer, oct. 1888)

[Artículo por H. P. Blavatsky]

¿Qué es la Verdad? – H. P. Blavatsky

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